“Lo que aquí se cuenta me fue revelado un domingo de febrero de 1999″, declara en la noticia preliminar el autor. Tal declaración podría generar desconfianza en el espabilado lector, en esta nueva era proclive al misticismo de cuarta. Pero la revelación fue auténtica, y Ferreiro no tiene la culpa de que corran malos tiempos para tales fenómenos.
La novela transcurre en un pequeño monasterio rural, en el seno de una congregación religiosa en la que destaca el padre Bastarrica, un clérigo manco de aire misterioso.
Esta circunstancia puede provocar nueva desconfianza del lector, en estos tiempos pictóricos de códigos y Da Vincis. Una vez más, Ferreiro es inocente.
El cura Bastarrica es un personaje complejo, de dudosa -y herética- vocación religiosa. La fe del cura Bastarrica se parece más a una forma de panteísmo. A veces desearía flotar, flotar por encima del arroyo cercano, flotar como sus pensamientos atormentados. Esos sí que flotan, como si fueran de humo.
Algo que flota es una historia taimada, que una vez comenzada no permite al lector repantigarse en la comodidad de las convenciones. Por el contrario, deberá recorrer un argumento que entrega sus secretos lentamente. Una novela atípica, cuyo sentido trasciende a sus personajes, situaciones y hasta el propio discurso. Algo que flota es una novela para leer más de una vez, una novela de pulso poético, una historia de humo que se aspira con los ojos, que invita a flotar con ella hasta el reverso del mundo, ese que está más alta del cielo.
Alejandro Ferreiro escribe poco pero bien, que es lo que importa. Es autor de la novela Portland y el libro de poesía Nos persigue la humedad y otra filtraciones. Por las noches flota en el éter. Boca arriba.