Si la nueva novela de Alejandro Ferreiro (Algo que flota, ediciones Artefato, 2005) fuese una mujer, ella sería delgada, de pelo castaño y lacio; le encantaría sentarse a la orilla del río y se detendría con placer a escucharlo. Sería una mujer que hablara poco, de ésas que ríen por dentro. Fumaría, y cada calada llenaría sus pulmones de humo y el humo sería exhalado con mucha atención, como si ese humo que se escapa fuera el único humo que hay en el mundo. Ella concebiría al mundo como un gran juego y esa concepción lúdica sería su carta oculta a la hora de justificar los duros pesares que la vida ha puesto en su camino. Su fruta preferida sería el durazno y los comería con la mano sin pelarlos. Estaría curtida por el sol y su estación preferida sería la primavera. Ella no le daría mucha importancia a su vida como algo particular y único sino que siempre se consideraría parte de algo superior y se dejaría gobernar por ese poder ajeno.
Pero no, no es una mujer; es una novela. Por ahora, las novelas son novelas y las mujeres son mujeres.
En ésta, Ferreiro logra con gran precisión y con una prosa diáfana y nada pretenciosa (algo sumamente rescatable) relatarnos un episodio atípico en la vida de una congregación de sacerdotes en algún perdido lugar del campo. El relato se centra en la figura del cura Bastarrica, aquel que perdió su mano derecha en un accidente 10 años atrás y su amada Camomille. El hecho de que el cura no pueda rezar en una posición ortodoxa, porque de intentarlo la imagen sería ridícula, resume la esencia del espíritu de la novela. Todos los personajes de alguna manera u otra tienen esa mano ausente con la que cargan y a la que recurren para justificar su existencia. Dios siempre es un gran aliado en estos casos. La pérdida de la cordura también.
L.A.