En su origen fue un grupo interesado por la “poesía visual” que imprimía sus versos en forma desordenada sobre un cartón blanco. En el 2003 ese grupo se transformó en la editorial Artefato y se presentó en el mercado por primera vez con una serie de seis libros de diseño artesanal (”Poesía para dos orillas”), de autores uruguayos y argentinos. Luego la editorial se pasó al formato de libro tradicional, pero continuó arriesgándose con la poesía. Sus publicaciones tuvieron bastante éxito, si se tiene en cuenta lo poco propenso que es el público uruguayo a comprar libros de este género.
A partir del 2004, Artefato agregó a sus numerosos títulos de poesía la publicación de narradores uruguayos. Algunos de ellos son jóvenes que comienzan su trayectoria literaria; otros, no tan jóvenes, ya tienen alguna publicación anterior. Una de ellas es Alejandra Darriulat con su primera novela, La derrota, sobre una joven que intenta escapar de la relación tortuosa que lleva con su marido alcohólico. Contada en primera persona, la narración sigue el encuentro de esta mujer solitaria y desamparada con un hombre que quiere protegerla, aunque ambos comparten tragedias similares. La novela tiene un buen ritmo narrativo, aunque Darriulat abusa de los adjetivos y del detalle descriptivo. La anécdota puede resultar agobiante por el encierro en el mundo interior de un personaje que sufre demasiado.
La otra novela de reciente aparición también es de una mujer. En Bitácora de una persecución amorosa, Ana Grynbaum relata la historia de una mujer insulsa y de vida monótona que un día encuentra el amor de su vida. La trama va cobrando un progresivo grado de sordidez cuando este hombre ideal con el que la protagonista se casa se transforma en un carcelero frío y cruel. La novela retrata en profundidad al personaje femenino y, a través de sus ojos, a su marido. Es una lástima que la historia, que en su comienzo despierta interés y se lee con fruición, se desbarranque hacia el final, cuando toda la situación se vuelve exageradamente grotesca. Digamos que si se quiere entrar en un mundo de dolor femenino, estas dos novelas son las adecuadas.
Muy diferente es Algo que flota, una nueva novela del escritor y periodista Alejandro Ferreiro. Conocido por su programa radial “Planetario”, que conduce todas las noches en El Espectador, Ferreiro había publicado en el 2002 Portland, su primera novela, y en el 2004 el libro de poesías Nos persigue la humedad y otras filtraciones.
Algo que flota narra una historia de misterio muy íntimo y silencioso, como el que puede darse en la vida de un sacerdote y en el ámbito de una congregación religiosa que vive en un valle solitario. La novela tiene como protagonista al padre Gervasio Bastarrica, un cura que le dedica a sus rezos un tiempo desmesurado, por eso los demás religiosos lo tienen como un hombre extremadamente devoto. En realidad, cuando los otros hermanos finalizan las rutinarias dos horas de oraciones, Bastarrica vuela con su imaginación hacia la ribera del río Tuna a encontrarse con la bella Camomille.
La exuberante imaginación de Bastarrica no es el único rasgo que lo diferencia del resto de los religiosos. Esta comunidad, de vida austera y férrea disciplina, hace algunas excepciones con este cura gordo y de aspecto desgarbado. Es que por un acontecimiento trágico, que nunca se explica en la historia, Bastarrica perdió su mano derecha. A pesar de su condición de manco, el cura continúa manejando y, como es el único que sabe hacerlo en la congregación, cada dos meses hace las compras en el pueblo más cercano en un viejo camión de cambios automáticos. Es ésta su única cuota de poder.
La narración alterna fragmentos que contienen los sueños y pensamientos de Bastarrica, con acontecimientos que se dan en la casa de los religiosos. Ferreiro utiliza una prosa poética, atractiva y sensual, para describir los encuentros del cura con Camomille, una aparición entre real y fantástica que es la única figura femenina de la novela, cuya importancia no conviene revelar.
El personaje de Bastarrica es uno de los varios aciertos de esta novela. Con sutil ironía, Ferreiro elabora los dobleces de este cura que vive obsesionado por la comida, fuma a escondidas y queda extasiado con el humo, al punto de pensar que “Dios es humo”. Además, reza despatarrado en una silla de la capilla con los brazos caídos a los costados: “Resultó un recurso apropiado para eludir la típica fórmula de juntar las manos o cruzar los dedos al momento de rezar; si Bastarrica lo intentara la imagen sería grotesca, casi hereje”, comenta con maldad el narrador.
Es ésta una novela con muchos huecos en su historia que, sin dejarla incompleta, le dan mayor verosimilitud. Detrás de esos curas rígidos y sobrios, elaborados en muy pocos rasgos, se insinúa un mundo de deseos frustrados, amores reprimidos, y también de maldades inconfesadas, que aflora en gestos o actitudes circunstanciales. Sobre todo, las bondades y mezquindades del grupo aparecen cuando un hecho inesperado rompe con su rutina.
Un día las campanas de la capilla comienzan a sonar de forma autónoma. Los curas se inquietan, pero ante el desconcierto, optan por no darle importancia. Sin embargo, el hecho cobra otra dimensión cuando las campanas vuelven a repicar el mismo día que muere uno de los hermanos. La historia adquiere entonces un tono más misterioso y cercano a la trama a policial.
Ferreiro maneja con buen pulso el suspenso en una novela más bien intimista y que, con el cambio de voces narrativas, adquiere un costado reflexivo y de vuelo poético. Algo que flota presenta una historia original tanto en su trama como en su estilo de escritura, y si después de leerla se vuelve al pequeño prólogo del libro, se encontrará una intriga adicional en las palabras del autor: “Lo que aquí se cuenta me fue revelado un domingo de febrero de 1999. Como toda revelación aquella también poseía zonas oscuras…”.
Es destacable que Artefato publique títulos de bajo costo y que mantenga una cuidada edición. Además, y aunque parezca un detalle menor, estas novelas demuestran que se pueden contar buenas historias en pocas páginas y que no siempre la desmesura narrativa es sinónimo de buena calidad.
Silvana Tanzi