EL TÍTULO DE esta novela, Todo lo quieto sueña moverse -quizá sea mejor decir este diario íntimo- sugiere el sostén filosófico sobre el cual se desarrolla: como el agua y el fuego heraclitanos, la fluencia que Ferreiro sorprende en sí mismo y el mundo es el ser y la esencia de los hombres y las cosas. Una cita de Voltaire que aparece como acápite asoma a los contenidos intelectuales y morales del encuentro con esta sospecha: “La duda no es un estado demasiado agradable, pero la certeza es un estado ridículo “. En la experiencia de quien escribe estas memorias hay, junto a la imposibilidad de aceptar cualquier certeza tranquilizadora, la necesidad y el ansia de buscarla.
Pero la realidad es implacable: el tiempo se revela circular y en el espacio es engañoso que el movimiento hacia adelante se defina siempre como un avance. Cualquiera tregua es ilusoria en esta dimensión dinámica en lo físico y lo metafísico; “Creo que me muevo porque todo se mueve y porque parece ridículo sentarse a descansar sobre una escalera mecánica en funcionamiento”. La imagen quizá no sea demasiado feliz, puesto que la escalera lleva al fin a alguna parte. Sobre el final de su texto, Ferreiro acierta a definir mejor sus “ansias de flotación, con la búsqueda del estado gaseoso, con la necesidad de sorpresa, movimiento y desajuste”.
Es razonable que el redactor se pregunte, trocando los tiempos verbales en sustitución llena de sentido: “¿Soy yo el que habla, el que habló?”. Todos los personajes de su historia -si es que así cabe llamar a las siluetas- se tornan otros, desvanecen, se disfrazan y asoman a cada paso identidades aun contradictorias. La mujer amada es muchas y con absurdos nombres alternativos -Kyl, Lude, Hache, Kenia, Joz- pero es además amada por encantos siempre distintos, nuevos y pronto desaparecidos y vueltos en otra cosa.
Ferreiro sabe que no es fácil invitar a leer este libro, parecido a un andar sin pausa. Llama al lector a transitar los caminos que llevan a su Roma problemática: “Recorrerme a pie, palmo a palmo, en este viaje cuya bitácora descansa ahora en tus manos, bajo tu mirada, en tu lectura”. El relato -dice- siempre “se está construyendo”, de modo que el lector habrá de ser paciente ante la sucesión y suma de acontecimientos en apariencia sin enlaces ni sentido. Sería legítimo que el lector, indócil, pidiese -como Antonio Machado frente a las películas del cine mudo- que todas estas imágenes se quedasen al fin quietas para irradiar algún mensaje claro desde el buen reposo.
Pero el escritor sabe bien, sin embargo, cuál es el desafío que ha elegido. No ignora que la escritura es lo fijo, y por eso traiciona a lo vivido. Su protesta es evidente por contraste cuando, escribiendo a la luz de la vela, ve con entusiasmo en movimiento -también ellas- a las letras. En un excelente momento, adivina que el milagro puede estar, a veces, en el detenerse mismo del tiempo, y ya no en el arte que lo sorprende. Mira una fotografía y cree deslumbrarse porque “el milagro tiene más que ver con la risa de ella que con el dedo que tenía la cámara”.
JORGE ALBISTUR