Diego Recoba
A la manera de las entradas de las pirámides egipcias, lo primero que vemos de esta novela funciona a la perfección como advertencia y camino a seguir. Me estoy refiriendo al diseño de tapa, en la que domina una ilustración de Rodolfo Heuer que muestra una especie de radiografía de una cebolla y sus capas. Pues bien, la imagen de las capas de una cebolla nos resulta de mucha ayuda durante todo el recorrido propuesto por Silvia Larrañaga (Montevideo, 1953). La primera capa, la que podría llamarse superficial, nos muestra la relación entre una doctora de medicina alternativa y su paciente, la protagonista, una escritora latinoamericana (se insinúa uruguaya) viviendo en una ciudad francesa (se insinúa París). En esas sesiones, en las que se busca llegar a lo que la doctora llama “el meollo”, o sea el núcleo del cual pueden provenir los males y por lo tanto sus antídotos,aparecen todos los temas vinculados a la vida de los extranjeros, los exiliados, en las grandes ciudades, esas urbes que parecen tragar las existencias y vomitar lo que no usan, el encierro, la vacilación, el desconcierto. En cuanto a la doctora, aparece de algún modo como parodiada, dejando en evidencia los rasgos más reprochables de esas disciplinas y también, por qué no, del psicoanálisis, la existencia de una formulita para cada cosa, de una respuesta preexistente para cada problema, como si la mente, el metabolismo, o incluso lo físico pudiese definirse en términos matemáticos. Pero Larrañaga nos invita a correr un poquito esa capa e inspeccionar en la que está por debajo. Y a su vez, corre ésa y nos muestra otra, y otra, y otra, como si estuviese corriendo cortinas que nos develan nuevas cosas, viendo simultáneamente todas las cortinas que corrimos. La autora muestra todo lo que puede a la protagonista, abre todas sus puertas, y no parece preocuparse si detrás de alguna de esas puertas se encuentran cosas que no podemos descifrar o incorporar. Su personaje es trasparente, pero el contenido que vemos quizás nos resulte hermético, desconocido. Así es que en un momento vemos cómo diversos vientos se cruzan dentro de esa casa abierta que es su personaje, generando una diversidad de aristas que más que provocar desconcierto generan una riqueza indiscutible en sus personajes y en la historia que se cuenta. Ésta muta constantemente y logra un misterio perdurable a lo largo de toda la novela. Perros que son asesinados por una supuesta organización, otra organización responsable de balear ruedas de autos y estornudos que hacen sufrir a la protagonista, una enigmática secretaria, objetos que desaparecen. Todo esto abona una idea que está muy presente en la historia: la de la paranoia ante el complot. En las grandes ciudades todo parece conspirar para el daño, todo te empuja un pasito más hacia la destrucción.En cuanto al tratamiento de este tema, Larrañaga lo presenta de forma formidable, ya que muestra las dos caras de la conspiración. En un primer momento, todas las teorías conspirativas que cree descubrir la protagonista y la paranoia que le generan, está presentada remarcando los rasgos ridículos y hasta tontos, donde la relación causa-efecto es forzada y roza el disparate (perfectamente podríamos encontrar al personaje en un guión de Charlie Kaufman, el de ¿Quieres ser John Malkovich? ). Pero cuando ya nos acostumbramos a esa idea, la autora nos trata de incrédulos a los lectores e intenta preguntarnos, mostrando otras razones, qué pasaría si en realidad eso fuera cierto. Es decir, todas las teorías conspirativas tienen algo de absurdo, pero también ninguna parece divorciarse radicalmente de la realidad. Nos deja preocupados, en el medio de dos cosas sin alcanzar a ninguna, quiere dejar al lector desprotegido para tenerlo alerta. Entonces aparece la mención de un coma misterioso por parte de la protagonista, un simple texto que escribe parece resultar peligroso para algunos. La protagonista es amenazada, perseguida, vigilada, nada es lo que parece (de hecho la protagonista trabaja de figurante), y cree siempre conocer a la gente que ve de alguna otra parte: la secretaria puede ser una simple mujer o alguien que trabaje para una mafia capaz de todo. La historia empieza a mutar y no se sabe adónde nos llevará. Y así volvemos a la cebolla, y ahora nos damos cuenta de que esa imagen cumple dos funciones. Por un lado puede tratarse de un recorrido, una sugerencia, un anticipo: la novela se trata de ir sacando capas hasta llegar a toparnos en lo más profundo con lo que sea (incluso un ratón, si volvemos a la ilustración de tapa). Pero también hace referencia a una multiplicidad, a un desdoblamiento: cada capa puede ser también un disfraz diferente, un rol a cumplir, la cebolla puede ser la unión de todos los diferentes “yo” que nos conforman, los que elegimos ser y los que nos mandan, en nuestro propio escenario o en cualquier otro, como eternos figurantes. Al fin y al cabo, como dice Marina, la protagonista: “Ser de alguna parte no tiene sentido. Es sólo un acto de voluntad, como cualquier otro”.