Este es un asunto de extremos, en el que sexo y literatura se conectan por mecanismos lúcidos y no siempre identificables. Por un lado está la peripecia vital/mortal del narrador, David, un cuarentón que descubre que le quedan seis meses de vida, “días más, días menos”, y decide escribir una novela autobiográfica que será, en definitiva, una suerte de diario terminal, una bitácora del moribundo. Por otro, la vorágine sexual a que lo expone Malena, su amante de martes y viernes, en un impulso que tiene tanto de entrega absoluta como de puesta en escena de la desesperación. En esos dos únicos ejes se concentra el relato de Aurora lunar, dejando de lado un marco de referencia más amplio por el que se filtre aire de la realidad, inclusive dejando de lado otra información pertinente (de qué se muere David, qué vende en su negocio, cómo conoció a Malena).
Todo ello deriva a una sensación de inmediatez —de lo fatal, de lo textual, de lo sexual—, sin barreras ni interlocutores ajenos, que redunda en un clima viciado y autorreferente. A fuerza de machacar en los mismos puntos, ese clima termina por imponerse y hasta por seducir, aún desde el abismo. Porque si de algo es capaz la narración, es de sacar partido de su circuito cerrado y de saber ubicarse en una zona justa de la experiencia: la que borra los límites entre lo liberador y lo condenatorio, la que se zambulle de veras en la miseria pero se guarda para sí una mirada incontaminada, después del desencanto y antes de la resignación.
De manera que el acto de escribir asume aquí connotaciones obsesivas, ineludibles, tanto por la urgencia de fijar una existencia en fuga como por la necesidad de redimirla. El propio texto reflexiona sobre ello a cada paso y, por si hiciera falta, lo termina de definir con un aforismo de Canetti: “Escribir hasta que, en la dicha de la escritura, uno deje de creer en la propia desdicha”.
Hay, entonces, un juego de espejos en el corazón del relato que orienta los reflejos a voluntad del narrador, y por momentos a pesar suyo. Cuando esos reflejos miran hacia adentro, se agudiza la conciencia de work in progress y del escritor enfrentado a sí mismo; cuando miran hacia afuera, gana terreno la descripción detallada —pornográfica, casi— de actos sexuales o de acontecimientos banales que, a su vez, serán absorbidos y volcados hacia el interior, subjetivizados, vueltos literatura. Cabía la posibilidad de que esos continuos pasajes de un nivel de conciencia a otro jamás terminaran de encontrarse, y que el conjunto quedara reducido a una serie de “secuencias” —introspectivas o eróticas— débilmente conectadas por el oficio o por los vericuetos de una mente remota y narcisista. También cabía otra posibilidad, más canalla, de traficar con lo perverso por la vía de “lo culto”.
Por suerte, ni lo uno ni lo otro, al menos en términos absolutos: demasiado voluptuosa para confundirse con un ejercicio literario vacío, demasiado sugerente para ser desechada como pornografía lisa y llana, la novela termina por devorar sus premisas y trascenderlas. Es decir que mientras el narrador narra lo que sus últimos días le permiten narrar, y se deja llevar por lo que le entregan sus fantasías, Malena o el azar, algo se va tejiendo por debajo —una sabiduría abarcadora, tal vez la dignidad del kamikaze— hasta explotar hacia el final en una biblioteca babélica donde el absurdo encuentra su sentido (absurdo): “El mundo me imita y me responde como si se transformara en mí o como si yo me desbordara en él. ¿Por qué precisamente ahora que todo termina para mí? Precisamente por eso, porque todo termina para mí”.
Es un libro visceral, adjetivo extraño al grueso de la literatura uruguaya. Y lo es tanto por la forma en que devuelve sus procesos, como por el salvajismo con que abraza y defiende sus asuntos. Pero también es un enigma apasionante, adjetivo extraño a toda la literatura uruguaya. Su autor, oculto bajo el seudónimo de Ercole Lissardi, ha montado un tinglado perfecto para hacer circular una leyenda maldita: inventó una editorial para sí mismo (”Los libros del Inquisidor”), donde también publicó una irregular colección de cuentos (Calientes, 1993); tal vez haya inventado su muerte (”1950-1993?, reza la contratapa), y todavía se da el lujo de incluirlo todo en esta novela: la editorial y los cuentos al pasar; la muerte desde la primera página. Descartado Sarandy Cabrera, donde apuntaron las sospechas iniciales por compatibilidad de temáticas (eróticas, no mortuorias), los rastros llegan hasta la Facultad de Humanidades, más específicamente a su librería, pero luego de allí se diluyen, como se diluyen las páginas finales de esta ceremonia del adiós.
Mientras tanto, la novela va ganando los adeptos que merece, unas pocas reseñas críticas y muchas suspicacias. Está cantado que jamás será reconocida como literatura “correcta” o “buena”, ni que ganará ningún premio en ningún lado. Tampoco los busca, y hasta capaz que le harían mal: toda esa furia debe seguir sola, imperfecta y sin ataduras.
Alvaro Buela