La incesante repetición de las más gimnásticas variantes de la fornicación pueblan esta nueva novela de Ercole Lissardi. Igual ocurría en las anteriores, de modo que en eso se ofrece al lector más de lo mismo, lo cual no es dicho en desmedro de este Evangelio para el fin de los tiempos.
Lissardi ha escrito una novela psicológica, ha escrito un diario, ha escrito el guión de una película pornográfica. La estructura de la novela es exactamente la de ese concurrido género audiovisual. Se va preparando cierta tensión, cierto clima a lo largo de unas cuantas escenas. Luego ocurre un coito. Después los protagonistas se separan y se van filosofando cada cual por su lado, hasta que otra pareja se forma y se consuma. Siguiente escena, los ex combatientes, por separado, en actitud satisfecha, disfrutan del sol en un terraplén de pasto o se miran al espejo. Un arte combinatorio elemental dicta los siguientes pasos en la progresión. Todo el mundo debe acostarse con todo el mundo, de acuerdo a la siguiente norma: mujeres con hombres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, y todas las demás combinaciones posibles. La escena final será, necesariamente, una gran mezcla de penetraciones y contorsiones simultáneas en la que deben participar todos los personajes, y en donde se mezclan de modo más o menos inventivo anversos y reversos, y la cantidad se presume calidad, lo cual no siempre tiene por qué ser falso.
Por encima de esta estructura hardcore, existe una trama literaria que consiste básicamente en lo siguiente: un gran cometa o pedruzco sideral de algún tipo va a impactar con el planeta. Al final del verano de fin de siglo –más exactamente, el día 8 de marzo– queda establecida entre la raza humana la noticia de que el mundo termina hacia fin de mes –el 23, más o menos –. En esos veinte días, el protagonista, un señor dado al sexo y la reflexión amateur que responde al tal vez poco afrodisíaco nombre de Walter, decide pasar lo mejor posible esos exiguos últimos ratos. La ciudad de Montevideo va desgranando su Apocalipsis. Hordas de vándalos armados a guerra asuelan las calles y las plazas. Walter se encuentra con su primer amor y –se trata de una despedida– la folla como siempre, desde cuando eran casi niños. Los medios de comunicación dejan de funcionar. La Policía y el gobierno ingresan en el sálvese-quien-pueda antes que el resto de la población. Walter sale a la azotea y detecta una hembra que suele oír la música de Arvo Pärt. La seduce y la noche siguiente fornica con ella de un modo esplendoroso, descrito en fragmentos de la mejor, más exacta y a la vez más irónica literatura fantástico-naturalista de la que tengamos noticia en los últimos tiempos en el país –referimos al curioso lector a la rabelesiana descripción de ese coito, en páginas 30 a 32 inclusive.
Esas aventuras sexo-futuristas de Walter prosiguen cuando rescata de las calles a una apuesta dama – Amanda– y su hijo. El amor familiar que surge entre los tres, esa anomalía en la vida de Walter, muestra acaso que el autor no es ningún improvisado lineal, y que nada es tan plano en este texto como los continuos pasajes de sus personajes al plano horizontal parecen sugerir. Walter se convierte en un macho protector de esos recientes suyos, se convierte en un Rambo capaz de hazañas sin cuento. Consigue una 4×4, víveres y armas. El azar está de su lado. Despejan la ciudad hacia el este. En el viaje conocen a una pareja que se les une. Él es filósofo, dicho El Persa, ella una beldad perfecta, de nombre tanguero: Lita. Y esto no es todo: llegan a Villa Serrana, en donde logran fundar y establecer una microcomunidad de amor verdadero, y en medio de ágapes exquisitos, cuando el espíritu y el logos planean en las alturas más cristalinas del saber, estos cuatro –seis, si contamos al adolescente hijo de Amanda y su novia que, ínterin, deja de ser virgen– seres privilegiados alcanzan un régimen de comunismo sexual primitivo de características tan idílicas espiritualmente como gratificantes carnalmente. Por cierto, esta vía del exceso conduce al palacio, si no de la sabiduría, al menos del poder: nuestro protagonista, tras haber derramado simbólicamente sus jugos en esas dos encarnaciones de la femenina perfección y haberlas preñado en la misma noche a ambas, se siente imbuido del poder total de Dios. Sabe, le es revelado, que la noche decisiva que se avecina, él será capaz de volar hasta el pedruzco y, antes de que llegue al planeta, le será dado chocar con él e inmolarse, salvando así a sus tres amigos y al mundo entero. Finalmente hasta el mundo -que era el único que faltaba- no se acaba. El Gran Fornicador ha devenido en el superman hollywoodense que salvará la Tierra gracias a la energía del amor y del orgón. ¡Que me aspen si no es el más extraordinariamente disparatado y absurdo argumento que se ha ofrecido a esta ciudad ñoña en los últimos decenios!
El lector sensible sabrá apreciar, a veces y acaso, que Lissardi –sea quien sea– no es un improvisado de la narración. El lenguaje y las metáforas se prodigan cuando se trata de describir lo habitualmente húmedo. Ofrecemos al lector algunos ejemplos, expulgados un poco al azar de este gran panorama rosado trepidante y ondulante: “la seda amplia de su sexo”; “mi animal dormido”, “pezones duros y rugosos como nácar”, “la delicia opulenta de Lita ondulando sin apuro alguno sobre mi vientre es el bíos universal, fantasmal…”, “Lita se acomoda separando al máximo las rodillas para sentir hasta el fondo de su cuerpo la vara mágica dispensadora de vida”, etcétera. Las descripciones más activas no van a la zaga: “Paladeo el sabor áspero y vegetal de su secreto. Esto la perturba. Tiende una mano hacia atrás y me toca. ‘Vení’ dice. Me paro y libero la herramienta. Vuelvo a abrir el valle y la deslizo dentro. Ahora juntos cantamos las aes.” Tampoco las conmixtiones futuristas: “Y su boca con precisión instantánea y milimétrica atrapó la supernova del placer en el mismo momento en que estallaba”; ni son raras las imágenes en que se invita a lo religioso a participar: “con su orgasmo mandando sobre mi cuerpo, a punto estuve de entregarme a los avatares de unos cielos más vivos que los cielos de Tiépolo”. Pero en este último rubro, todo llega más allá de su máximo cuando, en medio de la orgía final, y con El Persa por retaguardia, el protagonista enuncia así su mesiánica tesis: “Lo siento descontrolarse y empujar a su vez hasta que tengo todo dentro. Penetrador penetrado, me siento dividido en dos. Bifronte. Andrógino. Perfecto. Completo. Como un relámpago me cruza la mente la peregrina idea de que también acceder a esta completud mítica, quizá biológicamente originaria, sucedánea y simulacro de la androginia, era uno de los prerrequisitos indispensables para estar en condiciones de ser el Salvador”.
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Aldo Mazzucchelli