Erótica

EL PAÍS CULTURAL
17 de octubre de 1997

UNA DE CAL y otra de arena:

a) Ercole Lissardi está bien y vive en Montevideo, contrariamente a todo lo que su anterior Aurora lunar se proponía demostrar, bajo el disfraz de testamento erótico-literario;
b) Ercole Lissardi no está muy bien viviendo en Montevideo; o por lo menos sigue acosado por las mismas obsesiones de sexo y muerte que inflamaban aquella novela y “resucitan” en estas Ultimas conversaciones con el fauno;
c) Ercole Lissardi es un personaje bien montevideano, en el mejor sentido: toda su producción está marcada por una fuerte cuota de venganza contra la pacatería dominante, a lo Roberto de las Carreras, pero también por un profundo anclaje en el escenario, el ritmo y la atmósfera de la ciudad. Que los utilice luego para el laberinto de su erotismo es otro cantar y, por otra parte, una manipulación completamente válida en términos de creación;
d) Ercole Lissardi es un personaje bien montevideano, en el peor sentido: debe ocultarse en un seudónimo para evitar hacer frente al estigma facilongo de pornógrafo (algo que no es pero que se le asigna) y eventualmente conseguir un impersonal halo de escritor de peso (algo que sí es pero que difícilmente se le asigne);
e) Ercole Lissardi —es decir, el escritor que hay detrás— es dueño de una verborragia cautivadora en la cual se funden el detallismo y la mirada global con increíble comodidad, y no sólo en lo referente al sexo concreto (que aflora en casi todas las páginas) sino además en el buceo por las zonas francas de la mente, allí donde los “bajos” instintos se codean con el éxtasis espiritual y las “malas” palabras suenan a Mozart;
e) Ercole Lissardi —es decir: la persona que hay detrás— tiene derecho a administrar sus obsesiones como le venga en gana, aún a través de la literatura. Pero eso no lo conduce al acierto por acción refleja, por más que se trate de una de las voces más personales e intransigentes de la literatura nacional. En otras palabras, hay un escritor dotado en el creador de atmósferas que apelan a la yuxtaposición de imágenes. O en aquél que, en medio de un acto carnal, contrabandea una idea dulcemente abstracta que descubre “un anacronismo más, en fin, cuando se trata de actuar en un mundo saturado de ruido en el que el sonido no tiene ningún significado, tal y como desde hace tiempo no lo tiene el olor y tal y como está dejando de tenerlo la imagen”. No lo hay, en cambio, en el zurcidor de relatos aislados en base a una coartada bastante obvia (una periodista que investiga la vida de un supuesto fauno agonizante, quien a su vez le entrega cassettes con el relato de sus hazañas sexuales), ni en quien se plagia a sí mismo en la recurrencia de opciones temáticas. Desflorar adolescentes, por ejemplo, cuando se supone que un fauno “representa la urgencia sexual, ciega e incesantemente renovada”, sin ocuparse de menudencias como la edad de sus partenaires;
f) Ercole Lissardi —es decir: el personaje— tiene todo para seguir ocupando el rol “de culto” que se ganó, con justicia, luego de aquella explosiva, perfecta y redonda Aurora lunar. Esta segunda novela retrocede unos pasos para acercarse a la categoría “en bruto”, a veces removedora, a veces meramente catártica, que había en los cuentos de Calientes. Sin embargo, el grito primario sigue ahí.

A.B.