EROTISMO Y PORNOGRAFÍA Avatares de una antinomia

Para vos Marcelo
esto, escrito en las noches
blancas de tu primerísima edad

Pese a ser ya prácticamente inoperante en su ámbito de origen, el jurídico, la noción de “pornografía” conoce una importante sobrevida en el ámbito académico y en su derivado, el periodismo cultural, y eso no sólo en nuestra aldea sino en las más encumbradas metrópolis del saber, como veremos. Hoy ni el retrógrado más recalcitrante sueña con arrastrar a los tribunales –como se hizo con Baudelaire, Flaubert, Joyce, Lawrence, Miller o Nabokov- a quienes se “arriesguen” más allá de las brumosas fronteras de la decencia y del buen gusto (1), y sin embargo, pese a evidencias suficientes como para legitimar una estética de lo obsceno –de Bellmer a Bataille y a Oshima, por decir algo-, la noción de pornografía y en particular la antinomia erotismo / pornografía siguen determinando en gran medida los límites del hacer y del pensar el arte en cuanto se pisa el terreno de lo sexual.

¿Por qué es esto así? ¿Esta persistencia está sancionando la legitimidad y la necesidad de esos conceptos y esas distinciones? Para nada, en absoluto. De lo que se trata es de una civilización, la civilización capitalista, basada en la represión de las pulsiones más profundas del ser humano, que, en el límite de su evolución, funcionando ya como una fuerza meramente destructiva, se resiste con uñas y dientes a su desaparición y sigue proponiendo apenas remaquillados los mismos trillados esquemas de construcción, interpretación y sanción de la realidad y de los discursos.

Las notas que siguen tienen la finalidad de bosquejar la curiosa trayectoria de la noción de pornografía desde sus orígenes hasta nuestros días con la intención de dejar en claro las razones -por demás paradojales- de su supervivencia.

PRIMER AVATAR: INVENCIÓN DE LA PORNOGRAFÍA

La interdicción que desde los comienzos de la Modernidad pesó sobre todo lo vinculado a la sexualidad, producto de la alianza estratégica entre capitalismo y cristianismo, llegó a su objetivo cuando toda una idea de la decencia y del buen gusto y un conjunto de normas concernientes al uso de las palabras y de las imágenes, terminaron siendo internalizados como perfectamente naturales por todos los miembros de la sociedad (y, por supuesto, en particular por los que aquí nos interesan, los artistas –o sea aquellos dotados para “representar”, por el medio que sea, pero “con arte”). Se llegó a un punto en que la coacción externa ya no fue necesaria y dejó su lugar a la autocoacción (2). La ética de la civilización capitalista se convirtió en una estética o, al menos, en las fronteras de permisividad de una estética. Pero el proceso de imponer un orden antinatural y represivo no fue sin resistencias. Ya en el mismo siglo XVII el pensamiento libertino comenzaba, al principio discreta y cautelosamente la tarea de demoler los dogmas de la Iglesia. Los discursos de la franqueza sexual, en plan provocador comenzaron rápidamente a aparecer. El Divino Aretino fue el príncipe de los pioneros. Está por estudiarse en qué medida la sociedad que implantó la represión sexual como norma de convivencia en esa primera etapa del proceso fue más o menos tolerante con los infractores. Lo cierto es que a Claude Le Petit en 1662 le cortaron la mano con la que escribió sus sátiras sexosas y, para atenuarle la pena, fue estrangulado en la horca antes de ser quemado en la hoguera (3).

La cosa pasó a mayores cuando la denuncia de la hipocresía sexual del clero y de la aristocracia –novelas e imágenes mediante- se convirtió en un arma en manos de la subversión iluminista. Entonces la legislación penal comenzó a ocuparse seria y sistemáticamente del asunto. En ese contexto, hacia el fin del siglo XVIII, es que aparece la noción de pornografía, que se impondrá definitivamente como denominación del delito en cuestión en toda Europa y en América a lo largo del siglo XIX (4). No podía ser de otra manera: el desarrollo acelerado del capitalismo y el triunfo de las ideologías y los valores burgueses criminalizan toda filosofía o norma de vida que no entronice el modelo de regulación de la sexualidad propio del orden burgués.

Para comprender la noción de pornografía no alcanza con recurrir a la etimología, es necesario comprender el contexto en el que surge y la función que cumple. En su origen, en su forma pura, pornografía es un concepto técnico legal que, al aplicarlo el aparato judicial a un texto o una imagen por entender que su contenido sexual atenta contra el pudor o las buenas costumbres, indica a la policía que debe actuar, secuestrándolo y sepultando al autor y al editor o al marchand en las mazmorras. No otra cosa significa pornografía en su contexto original y en el momento apoteótico al que rápidamente accedió. El poder monárquico-eclesiástico no tardó en comprender que no solamente aliada a la subversión política la literatura erótica era peligrosa: su invitación a la libertad sexual y a la satisfacción de todos los deseos era en sí más subversiva que la suscripción a cualquier ideología política.

SEGUNDO AVATAR: INVENCIÓN DE LA ANTINOMIA

Sin embargo no paró allí la buena fortuna del término. A mediados del siglo XIX, el más represor en materia sexual de toda la historia de la humanidad, si es que semejante comparación es posible (5), con la buena intención de eludir aunque sea en parte el filo del cuchillo interdictor, la casta intelectual llevó el concepto de pornografía al ámbito académico, más concretamente al de la estética, para oponerlo a lo que aún tratando la materia sexual no sería pornografía sino erotismo. Se inventó así la oposición erotismo / pornografía con la intención de evitar que la mente represora convirtiera todo lo artístico vinculado a lo amatorio en pornografía censurable y perseguible. Esta antinomia erotismo / pornografía, originaria del ámbito académico, tuvo tanto éxito como la noción de pornografía, originaria del ámbito judicial y policial, y permitió en alguna medida frenar la demencia puritana, hipócrita y represora.

Básicamente la operación consistió en oponer el Erotismo, que sería Arte y que sugeriría y sería sutil, a la Pornografía, que por el contrario sería Comercio y que mostraría y sería grosera. La fórmula funcionó: permitió rescatar por lo menos cierta parte de la producción de relatos sexuales de la censura; el erudito pudo inclinarse curioso, por ejemplo sobre la sexualidad de la Antigüedad grecolatina, sin sentir la pesada respiración del represor sobre la nuca. En un primer momento, entonces, la interiorización de la antinomia produjo en los intelectuales y los artistas la noción de que estetización mediante existía un margen de libertad para expresar sus pulsiones. Las niñas semidesnudas de Lewis Carroll o los efebos sicilianos del Barón Wilhelm von Gloeden, por ejemplo, no existirían sin la conciencia de ese margen.

Aunque es posible rastrear las premisas de pensamiento necesarias para su emergencia –por ejemplo: la doctrina esteticista y de autonomía del arte respecto de la moralidad de un Walter Pater- creo que es inútil intentar fijarle un orígen a la antinomia, tratar de que tenga un progenitor y una fecha de aniversario (6). Surge no como una estrategia deliberadamente elaborada por un intelectual o por un grupo para enfrentar el apetito voraz de la censura, sino que surge espontáneamente y con diferentes formulaciones, como respuesta de resistencia ante el avance de la censura. Inclusive para los censores, antes estuvo claro -y consiguió un rápido arraigo- el contenido de la fórmula antinómica, que estuvieron fijados los términos apropiados para nombrarla. En 1856, en su requisitoria contra Madame Bovary, el Procurador Imperial Ernest Pinard (él mismo autor secreto de versos “pornográficos”) (7) exclama: “¡En Flaubert no hay gasas ni velos, es la naturaleza en toda su desnudez, en toda su crudeza!”. No dispone aún de los términos que terminarán por imponerse pero sabe muy bien qué frontera ha cruzado el escritor acusado. En algún lugar, en algún momento hacia fines del siglo XIX finalmente la discusión se dio en estos términos: “No, un momento, eso no es Pornografía”. “Pero el tema es el sexo”. “Pero es Arte”. “No importa, el tema es el sexo”. “Pero cuando el Arte toca el tema del sexo no es Pornografía”. “Ah ¿no? ¿Qué es entonces”. “Es… ¡Erotismo!” (8).

Casi contemporáneamente a la invención de la antinomia erotismo / pornografía el saber médico da a luz la antinomia heterosexualidad / homosexualidad. Ambas surgen de la misma manera: primero se define el polo negativo de la antinomia (la anormalidad, el delito) y luego se precisa, de manera inevitablemente vaga, el polo positivo (de normalidad). Ambas funcionan de la misma manera: barriendo y cerrando en torno a una falsa polarización el campo de lo pensable. Ambas tienen la misma finalidad: la represión y el control (9).

TERCER AVATAR: LA FASE REACCIONARIA

Los efectos benéficos de la antinomia no duraron mucho. Ya a comienzos del siglo XX, en la brecha abierta por el decadentismo finisecular, y en el ámbito de las belicosas vanguardias artísticas, la exploración de las profundidades de lo sexual, empujada por la revolución freudiana, comenzó a producir discursos para los cuales la famosa antinomia ya no tenía más sentido que el de la represión y el límite, discursos que si por algo podían definirse era por marcar el perfil de una estética de lo explícito cuando no francamente de lo obsceno, condición sencillamente indispensable para lograr sus fines, se enmarcaran estos en un contexto ideológico puritano como es el caso de Lawrence, o ceñudamente transgresor como es el caso en Bataille. La antinomia erotismo / pornografía entraba así en la fase reaccionaria de su trayectoria.

Sin que en sí misma la antinomia hubiera variado, al variar las circunstancias había variado el sentido de su utilización. Ya no rescataba de las garras de la censura lo que se pudiera rescatar, al contrario, dictaminaba -con la fuerza de la adhesión que había conseguido- que lo que fuera más allá de determinados límites (más allá de sugerir) no podía ser sino vulgar y asquerosa pornografía. El mismo esquema conceptual que ayer fuera progresista se había vuelto reaccionario, y pasó a formar parte del bagaje argumental del aparato jurídico – policial. La antinomía que ayer nomás servía para defender el arte de Baudelaire o de Flaubert ahora servía para censurar a Joyce o a Miller.

A esta altura de la cosa sostener la validez de la antinomia significaba ignorar que una de las actitudes básicas del pensamiento artístico del siglo XX consistía –no sólo en lo sexual, sino en cualquier tema- simplemente en meter el bisturí más allá de cualquier convención y cualquier apariencia, tanto en el dominio de la percepción o en el de la comprensión. Puede decirse que la verdadera naturaleza del arte del siglo XX, herencia de la gran novela realista del siglo XIX, consistió en la decisión de ir hasta el hueso con tal de tocar alguna verdad, aunque esa verdad se pareciera al estupor de la nada o de lo inexplicable.

La estética del arte mayor del siglo XX fue la estética de la disección y su objetivo fue perforar la trama que oculta lo real, aislar, explicitar, hacer evidente, mostrar aquello que esta civilización ha hecho de nosotros o no nos ha permitido ser. No importa en qué humor ni en qué disciplina, de Joyce, Proust y Musil a Bataille, Antonioni y Gombrowicz el gran arte del siglo XX fue el arte de aplicar la lupa, de hacer ver lo invisible, de hacernos ver cortesmente o a la fuerza las napas ocultas y salvajes de la realidad. Cuando Musil aplica los rayos X a la insondable desidia de Ulrich está haciendo exactamente lo mismo en términos estéticos que Bataille cuando recoge con su sismógrafo las consecuencias de la iniciación de Pierre en los misterios de la transgresión más radical. La elaboración, la emergencia de una estética de lo obsceno era inevitable porque si algo estuvo oculto durante siglos fueron las dimensiones profundas de la sexualidad, y la aparición de esa estética de lo obsceno fatalmente debía acabar con la endeble validez teórica de la antinomia erotismo / pornografía. Continuar sosteniendo que sólo es arte aquel cuyo método es sugerir, y que el que apela al método de mostrar no es arte era algo que a esta altura de las evidencias sólo podía defenderse desde posiciones reaccionarias extra-artísticas.

Sin embargo, pese al surgimiento de una nueva sensibilidad que de hecho la deslegitimaba, con el paso del tiempo, a medida que penetraba más profundamente en los hábitos mentales de los comentadores de la cultura, la antinomia se había ido afinando. ¿Cuál no sería la fuerza de la internalización de la antinomia en el primer tercio del siglo XX cuando autores que se expresaron desde el seudónimo o el exilio, verdaderos héroes de la libertad de expresión y de la exploración de los valores y las fronteras de la sexualidad, como Lawrence o Bataille, cada uno por sus razones, llegaron a aceptar que la represión en materia sexual es tan necesaria como inevitable? (10) Nuevas antinomias vinieron a reforzar y “explicar” la oposición fundamental entre erotismo y pornografía: así, a las oposiciones básicas Arte / Comercio, sugerir / mostrar, sultileza / grosería, misterio / explícito se sumaron sabiduría / desenfreno, buen gusto / vulgaridad, espiritualidad / voluptuosidad, reciprocidad / egoismo, afectividad / indiferencia, calidez / frialdad, y así siguiendo. Sin duda que un millón de obras podían acomodarse por las buenas o por las malas en el lecho de Procusto de la antinomia, pero ya con la arremetida del surrealismo, para obras como La Edad de Oro de Buñuel y Dalí, Historia del ojo de Bataille y Dados, 1º la caída de agua 2º la iluminación a gas de Duchamp, la utilidad de semejante diferenciación quedaba en entredicho.

CUARTO AVATAR: LA PERMISIVIDAD

Ahora bien, la antinomia erotismo / pornografía no por volverse retardataria o reaccionaria dejó de operar. Hacia mediados del siglo XX, aunque Auschwitz e Hiroshima hicieron tambalear los fundamentos de cualquier regulación basada en la hipocresía moral, el aparataje jurídico del establishment estaba peleando sus últimas batallas represivas, y la antinomia le proporcionaba las últimas argumentaciones posibles: ya que no tenía más sentido hablar de decencia, por lo menos se condenaría en nombre del Buen Gusto, del Arte contra la Vulgaridad. Eran los años heroicos de Maurice Girodias y su Olympia Press, y de Jean-Jacques Pauvert y su edición de las Obras Completas del Marqués de Sade y le quedaba poco rollo a la condena por obscenidad.

La revolución sexual de los sesentas, aspecto esencial del gran estallido anarquista espontáneo que sacudió a Europa y a los Estados Unidos, cambiaría las reglas del juego. El poder comprende, una vez más, que tiene que ceder en algo para que todo siga igual: la válvula de escape que abrió fue la de la permisividad sexual. Falsa permisividad, por supuesto, como veremos. En principio la suficiente como para que se desarrolle una enorme industria que proporciona a los ciudadanos sucedáneos de la satisfacción sexual perfectamente vacíos de sentido o trascendencia. Suficiente también como para que la máquina publicitaria, utilizando el cebo sexual en forma más o menos subliminal, relance el frenesí consumista. Suficiente, en fin, como para que la gran máquina de los sueños, cine y televisión, a base de moralina y estética de video clip incorpore una imagen almibarada de lo sexual, recuperando con dos pasos atrás el paso adelante. El mundo de la lengua desatada y de la pornografía a la carta no está en realidad demasiado lejos del mundo del capitalismo victoriano: en ambos el sentido de lo sexual oscila entre la hipocresía edulcorante y lo meramente gimnástico.

Podemos apreciar que en este punto de su trayectoria –estamos en las consecuencias de la revolución sexual- la antinomia ha aterrizado directamente en la esquizofrenia. A los efectos de satisfacer sus necesidades eróticas el ciudadano consumidor oscila entre el producto de ideología tradicional-capitalista, de sexualidad conyugalizante, sugeridor (no hay pija, ni pendejo, ni mucosa), producto que puede consumir en compañía, y el otro producto, que consume a solas, el que le ha preparado la industria del sexo, producto de sexo explícito absolutamente hueco que no va un centímetro más allá de la fisiología. Según el momento consume Erotismo o Pornografía: ambos productos, perfectamente legales y legitimados, están disponibles en el mismo shopping center. (Cierto que aún le proporciona un cierto embarazo el momento de alquilar el video o el dvd porno, pero el trámite es breve). La permisividad ha desembocado en un estado de cosas no menos estrecho que el anterior pero con las apariencias de la libertad, o sea de la transgresión. Cualquier cosa con tal de que esa supuesta bomba de tiempo –la verdadera dimensión de lo sexual (11)- permanezca bajo control.

Son los años en que, con la intención de eludir, o sea de criticar, a la vez el erotismo conyugalizante de la burguesía y la estupidez asfixiante de la pornografía, Pasolini da a luz su trilogía –Decamerón, Cuentos de Canterbury, Mil y una noches-, con la que intenta el retorno a la espontaneidad premoderna de la sexualidad.

Fue en los sesentas, en plena revolución sexual, tomando nota de la inexistencia de estudios serios en inglés sobre obras como Las tres hijas de su madre de Pierre Louys, Historia del ojo de Georges Bataille o Historia de O de Pauline Réage, Susan Sontag fue la primera en advertir acerca de la inutilidad teórica del término pornografía –que impide apreciar adecuadamente la complejidad de la producción de tema sexual-, y desaconseja su utilización (12). Es una honrosa excepción. En general las más finas mentes de la intelligentzia occidental se agotaban en el intento de formular la diferencia entre erotismo y pornografía, perfeccionando a fuerza de originalidad y agudeza la matriz original de la antinomia (sugerir / mostrar) –un desafío académico tan apasionadamente asumido a lo largo del siglo XX como en la Edad Media lo fuera el de proporcionar las pruebas de la existencia de Dios o el de determinar el sexo de los ángeles, o en la Modernidad lo fuera el de demostrar si una mujer está o no poseída por el Demonio. Hasta Barthes, tan reacio a las definiciones opresivas, cedió a la tentación y participó en el gran debate aunque –característicamente- lo hizo afirmando que lo que distingue a la fotografía erótica de la fotografía pornográfica es que en la segunda no hay punctum –o sea, aquel detalle que imanta nuestra atención y ordena la lectura de la imagen y que es, por supuesto, perfectamente azaroso y subjetivo (13).

QUINTO AVATAR: HOY

¿Y hoy? ya navegando con viento en popa y velas desplegadas el siglo XXI ¿en qué estamos? En la fase postdecadente y agonizante de esta civilización, en nuestro capitalismo terminal, que ya no sabe vivir sino de la guerra, cuando todas sus normas de “decencia” y “buen gusto” han sido aplastadas por las necesidades frenéticas de la maquinaria de la producción y el consumo, cuando las apariencias de la permisividad total –o sea, cualquier cosa que incremente la circulación de los bienes y los dineros- son la regla, después de casi medio siglo de sobreproducción desbordada en la industria pornográfica, cuando tiende a cumplirse la profecía de Foucault en el sentido que el hartazgo de discursos en torno a lo sexual desembocaría en el desinterés sexual, cuando nuevas generaciones de artistas (después de Oshima y Mapplethorpe, Cindy Sherman, Orlan, Gina Pane, Gaspar Noé, etc.) definen su quehacer como postporno, como una asimilación de la estética que a pesar de todo, inevitablemente, subyacía en el más vulgar producto porno (14), hoy que a propósito de la estética de lo obsceno o de las retóricas de la indecencia o similares comienzan a menudear la bibliografía, los números especiales de las revistas de arte y estética, los congresos internacionales, hoy ¿en qué estamos? ¿qué significados vehiculiza hoy la noción de pornografía?

Hoy la noción de pornografía, que a duras penas le sirve a quien la originó -el aparato judicial, que ya no se atreve a acusar a nadie de pornógrafo a menos que haya menores o retardados mentales de carne y hueso implicados-, que sigue siendo el emblema de toda una industria que la utiliza como punta de lanza de su márketing “¡Entre aquí! ¡Somos el sitio web más pornográfico del planeta!”, emblema de una industria que lucra con las últimas ruinas de los arcaicos interdictos y las inhibiciones, con productos que oscilan entre la mera pedagogía inocua y el voyeurismo testimonial de cuanta pulsión ande en la vuelta –hay buzón de sugerencias-, emblema de una industria que sólo le interesa hoy al Estado cuando llega el momento de cobrar los impuestos, hoy cuando la noción de pornografía para los artistas de vanguardia ya no baliza un límite que no se debe superar sino un límite ya superado, vastos sectores de la academia siguen utilizando esa noción, particularmente en su forma antinómica, en su sentido original y más estrecho. Y ojo, porque cuando digo vastos sectores de la academia no me refiero a sus sectores más reaccionarios sino también a los supuestamente progresistas.

En efecto, desde los discursos de buena parte del establishment intelectual, se sigue apostando a la ghettización de lo sexual cuando se atreve más allá de la estética edulcorada del video clip, se sigue apostando a los límites, a lo que sí y a lo que no, al pequeño escándalo y al ninguneo. Apuesta no sin fortuna, por cierto, ya que trabaja sobre represiones largamente interiorizadas, que han llegado a convertirse en un verdadero miedo a la verdad y a la libertad. Las interdicciones sexuales estan demasiado interiorizadas, es demasiado fuerte el pánico a estar libres de ellas, a tener que repensar desde cero la sexualidad, a reconocer las dimensiones del más allá de lo sexual, a tener que asumir una nueva moral sexual. De manera que la antinomia sigue vigente, sostenida desde la izquierda y desde la derecha ilustrada, justificando y legitimando el sistema de inclusiones y exclusiones, de beatificaciones y de ninguneos de los que vive la academia.

BAUDRILLARD Y ZIZEK

Para demostrar la supervivencia de la antinomia en la academia actual bástenos repasar las reflexiones en torno a la pornografía de Baudrillard y Zizek, dos integrantes insospechables de la izquierda crítica actual. En su librito Contraseñas (15), en el que fija los conceptos básicos de su pensamiento, Baudrillard afirma que en la pornografía “el cuerpo aparece totalmente realizado”, se trata de “el devenir real, absolutamente real, de algo que hasta entonces estaba metaforizado o tenía una dimensión metafórica”; se trata de “un acting out total de cosas que, en principio, son objeto de una dramaturgia, de una escena, de un juego entre las partes. Ahí ya no existe juego, ya no existe dialéctica ni distancia”. En otras palabras: la pornografía empieza donde se acaban las metáforas. Erotismo = metáfora, pornografía = real. Baudrillard finge ignorar que lo real en sí es irrepresentable, que todo es lenguaje, y que en el lenguaje todo es metáfora.

Zizek, por su parte (16), nos dice que “el objeto inalcanzable / prohibido al que la película de amor “normal” se acerca pero nunca toca (el acto sexual) sólo existe ocultado, indicado, simulado. En cuanto lo mostramos su encanto se desvanece, hemos ido demasiado lejos y en lugar de la Cosa sublime no podemos deshacernos de una vulgar y abrumadora fornicación”. O sea: Erotismo = posibilidad de objeto, pornografía = imposibilidad de objeto. Parece como si Zizek no conociera más discursos que los de la industria de Hollywood y los de la industria del porno. O sea como si sólo conociera aquellos productos que precisamente pueden demostrar la verdad de la antinomia. En tal perspectiva puede afirmar, no sin razón, que “la congruencia entre relato (desarrollo de la historia) y exhibición inmediata del acto sexual es estructuralmente imposible”. O lo uno o lo otro. O sea: puesto que es lo que hay (al menos en el shopping center que él frecuenta), es lo que puede haber. Y remata su argumentación con un ejemplo: imaginemos, dice, a Africa mía con diez minutos adicionales en los que “cuando Robert Redford y Meryl Streep tienen su primer encuentro amoroso, la escena no se interrumpe y la cámara lo muestra todo, con detalles de sus órganos sexuales excitados, la penetración, el orgasmo, etcétera”. “Una película así es estructuralmente imposible” nos asegura, perfectamente ignorante no sólo del cine que desde El imperio de los sentidos ha ido más allá del dilema que plantea, sino además del tipo de relación que mantiene el espectador con los productos del star system.

ARTE Y SEXUALIDAD

La realidad de la relación entre arte y sexualidad es hoy muy otra. La única actitud razonable hacia la antinomia hoy en día es la de Roman Polanski quien, interrogado acerca de la diferencia entre erotismo y pornografía en ocasión del estreno de su historia de amor sadomaso Luna amarga respondió: “Erotismo es cuando utilizo sólo una pluma, pornografía es cuando meto la gallina entera”.

Si la antinomia en algún momento fue falsa y útil hoy es definitivamente falsa e inútil. De nada sirve seguir refinando con “originalidades” las diferencias que propone. El único criterio de diferenciación que se puede introducir en la gran masa de relatos de tema sexual que hoy en día se produce consiste en afirmar que una parte de ellos merece esa distinción que la comunidad concede y que consiste en reconocer que han sido realizados “con arte”. No importa en qué ámbito se produzca, el industrial o el artesanal: un producto industrial (aún un producto de la industria de la pornografía) puede ser arte y el producto más inspirado del más calificado de los artistas puede no serlo. Por supuesto, el problema es ¿quién decide cuáles son esos relatos realizados “con arte”, o sea, que son “artísticos”? Nadie en particular, o sea, el consenso (17), o sea, el paso del tiempo (18). Y por cierto que ese consenso puede ser muy temprano (a veces instantáneo) o tardar muchos años.

Parte de esos relatos de tema sexual son producto de una actitud radical (19), parte no. Por ejemplo, comparando literatura: Dulces degenerados de Marco Vassi y El amante de Marguerite Duras, comparando arte fotográfico: Jim y Tom de Mapplethorpe, y Ballet acuático vertical de Laurie Simmons, comparando cine: La felicidad de Agnes Varda y El silencio de Ingmar Bergman. Que se trate o no en definitiva de “arte” nada tiene que ver con esa radicalidad o ausencia de radicalidad. Se puede ser muy radical y no producir arte y se puede ser poco radical y tampoco producirlo.

Puesto que está tan arraigado ¿no podría conservarse el término pornografía para denominar –como en la antinomia pero sin carga negativa- a esa parte más radical de los discursos sobre lo sexual? Difícilmente dada la triple carga de criminalización (en lo jurídico), de descalificación (en lo académico) y de trivialización (en lo industrial) que el término ha ido cosechando en su siglo y medio de trayectoria. Un artista que trabaja de manera radical con lo sexual nunca va a sentirse cómodo con ese término que le recuerda a la policía, a la mafia, o las arbitrariedades de la academia.

ANTES DE LA REVOLUCIÓN

Entre nosotros, en este lado del mundo, y en literatura, el primero en arremeter clara y terminantemente contra la antinomia fue Julio Cortázar. Lo hizo a su manera entusiasta, franca y culposa. La arremetida la llevó a cabo en dos tiempos en los que el segundo contradijo y superó, a la manera hegeliana, al primero.

En 1969 –en pleno boom, del cual fue vedette- Cortázar publica el ensayo /que sepa abrir la puerta para ir a jugar (20), donde se interroga sobre su propia dificultad para llamar a las cosas por su nombre cuando se trata de sexo. “En toda mi obra no he sido capaz ni una vez de escribir la palabra concha, que por lo menos en dos ocasiones me hizo más falta que los cigarrillos” dice, pero de inmediato deja en claro que no se trata de un problema personal, que se trata de un problema de la literatura latinoamericana, consecuencia de la herencia del “pudor castellano”, esa mezcla letal de santurronería y machismo, consecuencia también de “la colonización, la miseria y el gorilato (que) también nos mutilan estéticamente”. Concluye dejando para el futuro la solución del problema: “pretenderse dueño de un lenguaje erótico cuando ni siquiera se ha ganado la soberanía política es ilusión de adolescente que a la hora de la siesta hojea con la mano que le queda libre un número de Playboy”. O sea: dejemos el asunto de hablar de sexo sin pelos en la lengua para después de la Revolución.

¡Qué cerca está el intelectual con sus pequeñas culpas del lenguaje pedagogizante del totalitarismo, Don Julio! Por suerte usted abundaba en esas cosas de la honestidad y la autocrítica que tanto escasean. Unos meses después de semejantes afirmaciones programáticas Cortázar empezaba a escribir Libro de Manuel (21), mandando a volar sus diagnósticos y prescripciones: en el corazón del libro está la idea de que la liberación sexual y la liberación política son una y la misma cosa, y la sospecha de que “en realidad puede ser que las revoluciones se hagan sin esa idea que uno tiene del hombre”. Y para ir haciendo camino, después de confesar que “envidia” a los Miller y a los Genet, se despacha a nivel teórico con una defensa de la masturbación, con una defensa de la utilidad de la experiencia homosexual y con una discusión pormenorizada de las palabras “sucias” que prefiere, mientras que a nivel práctico nos beneficia con una violación anal “pedagógica” y semiconsentida –notablemente parecida a la que Bertolucci presenta en El último tango en París, que es del mismo año (22).

Quizá estas reflexiones hayan dejado en claro por qué es tan imposible como inútil llegar a una definición satisfactoria de lo que es el erotismo o de lo que es la pornografía: sólo se los puede definir en tanto antinomia, en la que cada término define y redefine al otro en una dialéctica cuyo motor real está en la evolución material e ideológica de nuestra civilización capitalista. ¿Cuál imagino que pueda ser la utilidad práctica de las precisiones que aquí he intentado? Seguramente que la industria de los sucedáneos sexuales seguirá llamándose orgullosamente “pornográfica” y la íntima sarna reaccionaria de la academia seguirá descartando como pornográfico todo aquello que patee los estándares de su pudibundez. Quedamos, por supuesto, los otros, los que pensamos y hacemos siempre un poco más allá de las reglas del juego. Y para nosotros sigue siendo importante saber a partir de qué momento las palabras ya no dicen una cosa ni la otra sino todo lo contrario.

NOTAS
(1) Aún así el último estertor -ya muy tardío- de la censura sexual sobre el arte se dio en 1989 con fue la interrupción de la exposición itinerante póstuma de Mapplethorpe, debida a las presiones de políticos conservadores y a las demandas judiciales subsiguientes.
(2) Norbert Elías, El proceso de la civilización, Fondo de Cultura Económica, México, 1989.
(3) Alexandrian, Historia de la literatura erótica, Planeta, Barcelona, 1990.
(4) El primero en utilizar la ecuación pornos-graphos en los tiempos modernos fue Restif de la Bretonne en su El pornógrafo en 1769. La primera utilización registrada en el ámbito jurídico es en el Diccionario crítico, literario y bibliográfico de los principales libros condenados al fuego, suprimidos o censurados de 1806, escrito por Etienne-Gabriel Peignot. Ver Lynn Hunt (compiladora), The invention of pornography, Zone Books, New York, 1993.
(5) Ciertamente también aquel en el que más proliferaron los discursos sobre lo sexual, como demuestra Michel Foucault en el tomo I de su Historia de la sexualidad, Siglo XXI, México, 1977.
(6) Hasta donde yo se ningún autor ha escrito un tratado acerca de la antinomia erotismo / pornografía. Sin embargo mil autores, como veremos más adelante –al pasar, como si se tratara de una verdad evidente-, se refieren a ella para retocarla y afinarla.
(7) El contenido del paréntesis está tomado de Mario Vargas Llosa, La orgía perpetua, Bruguera, Barcelona, 1978.
(8) El término “erótico” fue retomado en el Renacimiento con su sentido original en la cultura griega clásica de “concerniente a las cosas de la atracción amorosa”. El giro que lo lleva (y a sus derivados, “erotismo” incluído) a concernir fundamentalmente a las cosas de la voluptuosidad sexual se produce durante el siglo XIX y en el contexto precisamente de la invención de la antinomia erotismo / pornografía. El primer tratado filosófico sobre el erotismo en el sentido moderno del término es muy posterior, es el de Bataille y es de 1957.
(9) Ana Grynbaum me hizo notar la analogía entre ambas antinomias. Para la antinomia heterosexual / homosexual ver, por supuesto, la Historia de la sexualidad, tomo I, de Michel Foucault.
(10) Ver D.H.Lawrence, Sex, literature and censorship, Heineman, Londres, 1955, y Michel Surya, Georges Bataille, la mort à l’oeuvre, Séguier, Paris, 1973.
(11) A mi juicio el capítulo más interesante del tomo I de la Historia de la sexualidad de Foucault es el titulado La incitación a los discursos, en el que propone –un tanto elípticamente- que el complejo sistema de represión y transgresión concerniente a lo sexual en Occidente está basado en una falacia compartida por represores y transgresores: la de que existiría algo que sería “el secreto del sexo”. No hay tal. “El secreto del sexo” –dice- “es una fábula indispensable para la economía indefinidamente proliferante del discurso sobre el sexo” (p. 47).
(12) Susan Sontag, Estilos radicales, Punto de lectura, Buenos Aires, 2005. La primera edición en español de este conjunto de ensayos es de 2002, la edición original es de 1969.
(13) Roland Barthes, La cámara lúcida, Paidós, Barcelona, 1989.
(14) Es así como yo mismo, modestamente, veo mis novelas.
(15) Jean Baudrillard, Contraseñas, Anagrama, Barcelona, 2000.
(16) Slavoj Zizek, Mirando al sesgo, Paidós, Buenos Aires, 2000.
(17) El consenso de los consumidores de arte, cine, literatura o lo que fuere dado el caso.
(18) Que el consenso -o sea el tiempo- decida qué es arte, es la razón por la cual la primera regla ética de quienes comentan la cultura debiera de ser sólo comentar aquello en lo que sí reconocen –a su criterio- la marca del arte.
(19) Digo radical en el sentido de transgresor respecto de los límites de lo permisible.
(20) Incluído en Último round, Siglo XXI, México, 1969.
(21) Sudamericana, Buenos Aires, 1973.
(22) Abundantes coincidencias: París, un extranjero y una parisina, crisis espiritual del tipo, actitud pedagogizante respecto de la sodomizada, resistencia y luego aceptación. Adorno decía, no me acuerdo dónde, que una idea válida y significativa no se le ocurre a una sola persona sino a varias y que se lleva el mérito el que la tenga primero. Supongo que vale lo mismo para las ideas ficcionales.