Ercole Lissardi, uno de los narradores más originales y más exquisitos de la literatura uruguaya, da la cara y explica por qué permaneció oculto.
Por Juan Andrés Ferreira
Cuando en 1994 salió su primer libro, Calientes, Ercole Lissardi, se decía, llevaba un año muerto. La publicación póstuma de esa colección de relatos y, posteriormente, la de su novela Aurora Lunar, en 1997, dieron paso a que por medio de un “coleccionista argentino de erótica”, se recuperara otra valioso texto, Últimas conversaciones con el fauno, editada en 1997. Pero, misteriosamente, otros libros de Lissardi comenzaron, en lo sucesivo, a circular. Tan sólo un .año después aparecía Interludio, interlunio, una novela alucinante ambientada en un mundo futurista dividido en amos y esclavos, que confirmaba a Lissardi como uno de los narradores más originales y más exquisitos de la literatura uruguaya. Y por su capacidad de incluir, a través de una escritura fina y elegante, palabras que por lo general no están asociadas precisamente a una escritura fina y elegante, no faltó quienes lo tildaran de provocador, cuando no de pornógrafo. Es cierto, Lissardi es un provocador, pero no por bombardear sus textos con la artillería de teta-culo-pichí-caca, como un niño que aprende a decir “malas palabras”, sino por las ideas y los cuestionamientos hacia la naturaleza humana que conviven sus escritos.
Pronto se supo que Lissardi era el seudónimo en el que se cobijaba un escritor sumamente culto que no quería que su figura de escritor interfiera con su labor como tal. Y con esa información flotaba la certeza de este señor, sea quien fuera, todavía era uno más en el mundo de los vivos. Es que, al contrario de lo que se decía en las solapas de sus obras, el autor gozaba de buena salud. Y también de una energía creativa arrebatadora que lo llevaba a escribir, en promedio, una novela al año. O más. Y así, conforme fue convirtiéndose en un autor de culto, por la belleza de su estilo, a través del cual deshace los supuestos limites entre el erotismo y la pornografía, por la densidad filosófica de sus textos, que hurgan en las emociones humanas a través de la sexualidad, también brotaron las especulaciones acerca de su verdadera identidad. Se mencionaba que Lissardi era el periodista y también escritor Amir Hamed, quien había realizado más de un artículo sobre el autor, y hasta se habló de que en realidad eran más de uno, que eran varios los que escribían esos relatos salvajes bajo el mote de Ercole Lissardi. Pero no. Quien escribió Evangelio para el fin de los tiempos, El amante espléndido y Primer amor, último amor, es un conocido librero montevideano que estuvo exiliado en México (donde dio clases de guión cinematográfico), y que tras su regreso a Uruguay se tomó su tiempo para largarse a crear ficción. Actualmente, con una docena de libros a cuestas, a través de un nuevo sello editorial. Hum, Lissardi acaba de publicar Los secretos de Romina Lucas, título con el que inaugura una trilogía sobre la infidelidad. Hoy, varios años después de aquella primera colección de relatos, Lissardi sale a la luz, da la cara, cuenta por qué hace lo que hace y por qué escribe lo que escribe. Y por qué hoy es más importante que nunca escribir sobre sexo.
“Me sentía inseguro”, dice, acerca la de elección de usar un seudónimo. “Pensé que para concentrarme en la faena podía ser mejor mantenerme al margen del efecto que eventualmente mis libros causaran. Es cierto además que soy una persona retraída, más bien solitaria, de vida muy sencilla, con poca vocación para “hombre de letras”. Soy un escritor, pero no me siento hombre de letras, o sea personaje público.
En uno de sus ensayos, usted cita a Roman Polanski, quien consultado acerca de las diferencias entre el erotismo y la pornografía respondió: “Erotismo es cuando utilizo sólo una pluma, pornografía es cuando meto la gallina entera”. ¿Cómo sería en su caso?
Yo soy de meter la gallina entera, por supuesto. Polanski, que pasó por todo lo malo que se puede pasar en este mundo, sólo podía responder a la famosa pregunta apelando al humor cínico. Apelar hoy en día a la fórmula según la cual el erotismo “sugiere” y la pornografía “muestra” es un anacronismo. Esa fórmula surgió en un momento histórico determinado -el siglo XIX en Inglaterra- para evitar que la acusación de pornografía devorara todo lo que tiene que ver con el amor y el sexo. Surgió para abrir un espacio de permisividad frente a la represión a lo bestia. Hoy en día, siglo XXI, estamos en un mundo hiperconsumista y por cpnsiguiente hiperpermisivo. La represión sexual cuya punta de lanza era la acusación de pornografía ya no existe. Hoy en día la cuestión del sexo en el arte debe plantearse así; sugerir o mostrar son simplemente dos tomas de partido estético, tan validas la una como la otra. Optar por una o por la otra no pone a nadie dentro ni fuera del terreno de lo artístico. Sólo la calidad con que se realice la opción es decisiva. Si se dice que mi obra es pornografía (y son intelectuales de izquierda, increíblemente, los que lo afirman) es porque no se sabe cuál es el significado del término, ni se sabe la historia de la antinomia erotismo-pornografia. El producto pornográfico (y esto lo sabe bien la industria de la pornografía, una de las más poderosas del mundo) es por definición un discurso vacío. Vacío para que el consumidor pueda proyectarse e identificarse totalmente y alcanzar la satisfacción en el consumo. Mis obras pueden ser buenas o malas, o cualquier cosa, pero no son ni por casualidad un discurso vacío. Si le dan mis libros a un consumidor de pornografía los tira a la basura. Hoy en día es más importante que nunca escribir sobre sexo, para arrancárselo a los que se lo han apropiado para sus propios intereses: la industria de la publicidad (que lo lisa para vendernos la basura que sea) y la industria de la pornografía (que se alimenta de la frustración sexual y del vaciamiento de todo significado).
¿Qué lo impulsa a escribir?
Es muy difícil saber qué condiciona el impulso original. Yo creo que hay un fracaso en el origen de la escritura. Un fracaso en la relación con el mundo. Un vacío, una falta de sintonía, una brecha a llenar. La hepatitis a los diez años con sus tres meses de cama me hizo lector empedernido. A los trece años recuerdo que durante la clase de catecismo escribía poemitas pendejunamente heréticos que ponía a circular por debajo de las mesas. Hoy en día uno de los principales motores de mi escritura es la culpa. He dejado de hacer tantas cosas, he hecho daño a tantas personas amadas con este berretín de la escritura que me mataría si todo aquello hubiera sido para nada.
¿Cómo surgió la historia de Romina Lucas?
Surgió de lo que hay ya en las primeras páginas. La mirada, el amor, la muerte, el sentimiento de impotencia, el deseo de vencer a la muerte. Sentí que el libro desplegaba definitivamente sus velas cuando saltó a la palestra Felicia, la amiga íntima de Romina. A esa altura tuve claro que la estructura era la de un policial y que el tono no era el patetismo sino una especie de comedieta en sordina.
¿Cuándo se dio cuenta de que con Los secretos., iniciaba una trilogía? También hay un tríptico en Aurora lunar, Últimas conversaciones con el fauno e Interludio, interlunio.
En ninguno de los dos casos me propuse escribir una trilogía. Supe que eran trilogías al terminar de escribir el tercer libro. En ambos casos tuve la sensación de que un círculo se cerraba, y me puse a preguntarme de qué círculo se trataba. Todavía no sé por qué Aurora, el primer Fauno e Interludio forman una trilogía. En el caso de Romina, Horas-puente y Ulisa encontré ese hilo temático que se repetía: la infidelidad. Por cierto que no quiero decir nada en concreto sobre la infidelidad. Simplemente son tres situaciones distintas de infidelidad y trato de ver lo que implican cada una en sí misma.
¿Cómo es su rutina de trabajo?
Escribo temprano de mañana, cuando la morralla del día todavía no me inundó las entendederas, cuando las neuronas están fresquitas. Escribo dos o tres horas máximo porque dada la manera que tengo de escribir me canso rápido. Por más que mis libros den la impresión de muy estructurados escribo sin saber cómo sigue, conectando directamente el inconsciente con la punta de la lapicera. Cuando estoy escribiendo el penúltimo capítulo no sé que el próximo es el último ni en qué consiste. Sé perfectamente que si supiera desde el principio toda la historia no la escribiría. Me daría pereza, o peor, náusea. Escribo con ansiedad por saber de qué va la cosa, por saber cómo sigue, ansiedad que me hace avanzar rápido. Nunca escribo dos veces la misma escena. Normalmente en un mes termino un libro. Luego hago un par de correcciones. La primera al pasarlo al ordenador, la segunda leyendo despacio. En total: un par de meses.
¿Es cierto que escribe a un ritmo de una novela al año?
Sí, hechas todas las cuentas mi promedio es una por año. Pero en realidad puedo escribir más. Esta trilogía la escribí entre mayo del 2006 y mayo del 2007. O sea tres en un año. Mi héroe literario es Simenon, que escribió centenares de novelas. Mi estado ideal sería escribir dos o tres por año. Para eso necesito del mercado exterior. El mercado uruguayo chiquito como es no aguanta ese galope.
¿Qué otras obras han sido importantes en su vida y por qué?
Importantes, decisivas en mi vida, o sea en mi escritura, han sido tres escritores, si dejamos de lado las influencias ya imprecisables que se hunden en la bruma de la infancia. Al final de la adolescencia leí hasta el hartazgo a Ross McDonald. Tenía todas sus novelas. Treinta y pico. Las leía y las releía y estudiaba cómo estaban escritas. Creo que esa tersura narrativa que los lectores generosos me encuentran se debe a esa pasión temprana. También al final de la adolescencia y gracias a un artículo de Cardoza y Aragón publicado en Marcha descubrí Paradiso, de Lezama Lirna, en su primera edición, la de Ediciones de la Flor. Ahí me quedó en claro de una vez y para siempre que la literatura es un universo aparte y hecho exclusivamente de palabras. Después, al regreso del exilio redescubrí las pocas novelitas publicadas en español de Arno Schmidt Las tenía desde antes del exilio pero no las había leído. Schmidt me enseñó que la ecuación entre la sexualidad más trivial y doméstica y la pasión por la erudición más inútil era perfectamente viable. Esa novedad me desató la cabeza y me lanzó sin más en la escritura.
¿Qué son las mujeres para Usted?
“¿Qué es el amor si no es una curiosidad? Y es la curiosidad más fuerte que existe” dice Casanova. Está todo dicho.
¿Y los hombres?
En lo que me concierne: seres extraordinariamente bien dotados para el ejercicio de la curiosidad.
La pregunta: Por qué ese seudónimo, cómo llegó a él?
La respuesta: Fue al azar. Lissardi me gustó porque la raíz italiana remite a la noción de “campo de batalla”. Así, el complemento razonable era Ercole. La raíz sajona lizza- remite a la lagartija, que es ciertamente uno de mis animales preferidos. Me encanta su rapidez, la plasticidad de sus movimientos y sobre todo su forma. Si tuviera un escudo de armas habría en él una lagartija. Y conste que digo lagartija y no, por ejemplo, salamandra, que es más prestigiosa. Formado así el nombre lo que terminó de convencerme fue la eufonía EOE – IAI.