Entre volver y no

La diaria, Viernes 28/03/2008

Entrevista realizada por Gabriel Lagos

El escritor Daniel Mella y su silencio de casi una década. Hace alrededor de diez años, era la gran promesa de la literatura uruguaya. Pero poco después, a los 22 años de edad y con tres novelas a cuestas, Daniel Mella decidió desaparecer. 2008 podría ser el tiempo de su retorno. Si él quiere, claro.

Primero fue POGO. La novelita, publicada por Aymara en 1997, no estaba firmada por Mella sino por Daniel Gorjuh. Era la confesión de un profesor joven que aprovecha un viaje que realiza su padre por motivos religiosos para encerrar y dopar a su madre. Al año siguiente apareció Derretimiento (Trilce), la autobiografía de un niño enfermo que se convierte en un adulto asesino, y fue reeditada en España por Lengua de Trapo. En 2000 llegó Noviembre, la novela en que se termina la primera persona y el miedo pasa a primer plano: es la historia de un padre que pierde a su hijita de una manera extraña, terrible, pero no inesperada. El resto es silencio. O casi: en 2003, Mella ocupa un rol secundario en 25 Watts, la película de Pablo Stoll y JP Rebella. Se sabe que viajó, se sabe que da clases de inglés y, sobre todo, se sabe que Mella dejó de escribir hace muy poco. Pero el año pasado, la editorial Hum decidió reeditar sus dos primeras novelas. El lunes charlamos con Mella en Shangrilá y contó lo que estuvo pasando a partir de que salieron esos nuevos viejos libros.

-¿Volver a publicar Derretimiento y Pogo fue iniciativa de la editorial?

-En realidad, Martín [Fernández Buffoni] quería publicar esos libros y también algo que yo estuviera escribiendo o tuviera guardado. Yo no tenía nada. Pero la movida de releer Pogo y, de alguna manera, reescribirla, me estimuló a volver a crear, volver a escribir.

-¿Qué fue lo que le hiciste a Pogo?

-No tenía ninguna intención de corregirla, simplemente me senté a leerla para ver qué iba a publicar, porque había pasado mucho tiempo…

-Aparte ahora no iba a salir bajo seudónimo sino con tu nombre.

-Seguro. Y releyéndola me surgió naturalmente el deseo de ir cambiándole cosas. Y cambió muchísimo: el trabajo que hice no estuvo planeado, fue como volver a escribirla. En realidad, de muchas cosas la esencia es la misma, pero me dio la posibilidad de ver cómo estaba yo en aquel momento, quién era. Me acordaba de cuándo había escrito tal palabra o tal frase, cuándo me había venido tal imagen. Fue como agarrar algo que quedó en la pura expresión, de catarsis, y sentirme con una libertad mucho mayor al encararlo.

-¿Y qué cambiaste de Derretimiento?

-No pude casi ni tocarla. Cambié algunas palabras morbosas en extremo -ya es bastante morboso en sí el libro-, pero no le pude agregar o sacar imágenes.

-Después de que salió Noviembre te “retiraste”. ¿Te cansaste, te aburriste de escribir?

-Sí, creo que en parte me cansé, me aburrí… [Piensa durante largo rato]. Me empecé a repensar el para qué. Yo creo que en un momento lo que me pasó fue entrar a vivir demasiado identificado con algo: “Yo escribo y si escribo está todo bien, y si no escribo no está todo tan bien”. Que mi vida dependa tanto de eso, que mi estado de ánimo, que mi perspectiva, que mi percepción de mí mismo y tal vez hasta la percepción de los demás… Me sentía muy limitado. Entonces me pareció que precisaba vacaciones. No fue pensado, fue también una reacción natural para mí: tomar una distancia y ver cómo funciona.

-Esa última novela, Noviembre, salió por Alfaguara y había cierta expectativa por lo que pudiera pasar fuera de Uruguay . ¿El libro se llegó a publicar en otros países?

-No sé. Una de las cosas que me habían dicho antes de publicarlo era que les interesaba poder moverlo, por lo menos en Buenos Aires. Después, no me enteré de que haya habido alguna movida fuera del país. En parte creo que capaz que eso es también lo que un poco…

-¿Te frustró?

-Sí, ayudó a que me diera cuenta de que todo lo que tiene que ver con el mundo literario no puede entrar en mi consideración a la hora de escribir. Es decir, cuando yo estaba escribiendo Noviembre no consideré esas cosas, porque el sello la aceptó luego de que yo la había terminado. Pero con ese episodio de Alfaguara sentí que entraba en una editorial aparentemente grande, ¿para qué? Uno piensa: para vender más libros. Sin embargo, una de las cosas que me dio releer y reescribir Pogo fue recuperar la sensación de la pureza y la inocencia de no saber escribir. Volver a ese lugar y recuperarlo.

-¿En eso estás ahora?

-Sí. Amando el trabajo, el proceso y totalmente despreocupado del producto o de lo que vaya a suceder con el producto, por así llamarlo. Por eso cuando me decías si iba a publicar algo este año, bueno, no entra en mi consideración. Ahora mismo, si estuviera terminado lo que estoy escribiendo y me dijeras “sale en Hum”, que es una editorial pequeñísima, bárbaro; “sale en Random House”, bárbaro. El goce para mí está en el proceso, en el escribir mismo, como me sucedió con todos mis libros.

-Ahora que mencionaste a Random House, da la impresión de que tu manera de escribir tiene más que ver con escritores de Estados Unidos que del Río de la Plata o América Latina. ¿Ha cambiado algo de eso en estos años?

-La verdad es que no sé, porque en este tiempo estuve como tres años en Nueva York y lo que hice fue leer muchos gringos y meterme todavía más en el lenguaje. Leí a Anne Carson, una poeta que me partió la cabeza. Leí por primera vez a Shakespeare, leí mucho teatro (Mamet, Pinter). Tambien leí a Sebald, que no es gringo pero tampoco es latinoamericano ni escribe en español. Lo que perdí un poco en estos años es la cuestión de las novedades: ya no estoy al tanto como estaba antes de quién está escribiendo qué.

-Lo que a mí me parece más norteamericano de lo que escribís es la atención al mal, o una manera de encararlo poco común en la cultura rioplatense.

-Puede ser. Nunca me lo he puesto a pensar así. Pero sí puedo ver cómo lo norteamericano en particular se centra en el personaje malvado, por así llamarlo. Ahora, el personaje malvado es el creador: Yago es el creador de Otelo, es decir, sin Yago no hay obra de teatro llamada Otelo. Él es el que crea, se inspira; a base de inspiración se da cuenta de qué es lo que va a hacer, hasta que encuentra el pañuelito… Es lo que pasa con cierta literatura gringa muy interesante para mí. El otro día veía Sin lugar para los débiles y pensaba en lo que escribió Cormac Mc-Carthy, especialmente en Meridiano de sangre, que tiene un personaje “malo”, el Juez, que es eso: el personaje magnético, satánico, por llamarlo de alguna manera, que está en el corazón de la cultura gringa. A mí me cautivó eso en el aspecto creativo, el lado creativo que hay en esos seres y en ese aspecto de la vida. Creo que por ahí viene mi fascinación por cosas como American Psycho. El protagonista de la novela, Patrick Bateman, se pone un poco filosófico al final, cuando ya está del otro lado, pero todo lo anterior es un sinsentido muy atrayente.

-¿Tendrá algo que ver con la religión norteamericana?

-Debe tener. De hecho uno piensa eso, piensa en Texas y el extremismo religioso que cunde por ahí.

-No sé si extremismo, pero justo ahora estamos al lado de una iglesia mormona y por ahí leí que vos tuviste esa formación.

-Sí, yo venía a esta misma iglesia.

-Quiero decir que acá predomina la visión católica, que trata de otra manera el tema del mal.

-Ahora veo por dónde venís. Es la fascinación que puede tener alguien a quien se le dice que está Dios como ser luminoso y Satanás como ser opuesto. Y vos tenés que estar con éste porque aquél es malo, pero me interesa aquél. Es aterrador que parezca tan simple.

-¿Lo que estás haciendo ahora tiene que ver con Noviembre o con lo que habías escrito antes?

-Siento que no tiene mucho que ver. Ahora no tengo la necesidad de purgar ninguna violencia tan extrema en lo que escribo. Lo que sí tiene en común con lo demás que escribí es que mi necesidad de escribir empieza con una imagen que viene. Puede ser un personaje o una escena, y de ahí se desarrolla. No sé cómo va a terminar y muchas veces no sé qué va a suceder a continuación de lo que estoy escribiendo. Me gusta que el proceso siga siendo el mismo. Muchas veces, después de Noviembre, cuando todavía no podía creer que no estuviera escribiendo, me quemaba la cabeza; traté de hacerlo a través de intelecto, por decirlo de alguna manera, “cranear” algo, y fue una experiencia terrible.

-Pero a la vez podés trabajar sin que sea una catarsis.

-Yo no siento que esto que estoy haciendo sea una catarsis. Capaz que después me doy cuenta de que habla de lo que me está pasando en este momento. Tal vez dentro de unos años encuentre todas las claves que ahora estoy poniendo ciegamente en papel.

-Tendría que estar pronto antes de fin de año para que esta nota fuera redonda.

-Qué guacho.