Por Daniel Viglione
La honestidad con la que habla Matías Paparamborda es mucho más filosa que su narrativa. En El luchador invisible, su primera obra, el autor se vale del diario íntimo para reconstruir cómo fue la relación que mantuvo con su padre -el cual falleció mientras escribía la novela-, que, según él, estuvo “llena de silencios y de preguntas sin respuestas”. Pero El luchador invisible no solo es una obra que hable de la sombra de un padre distante sino que además habla de la búsqueda de entender, aceptar y superar un sinfín de miedos que se apoderaron tanto de su sueño como de su vigilia. Es ahí cuando, cara a cara, con un pretexto que ya no es el mismo, el diálogo se hace mucho más intimista que la obra y Paparamborda cuenta: “Durante un año tuve que dormir en el pasillo, tirado en el piso, junto a la puerta de la habitación de mis padres”.
¿Por qué en tu novela das un salto al vacío y te animás a hablar de tus miedos?
Porque el miedo es un ítem central en mi vida. La primera vez que escribí algo autobiográfico, tipo un diario, fue antes de comenzar con la redacción de El luchador invisible, y ahí ya trataba de entender por qué tenía tanto miedo. Ese era el subject del diario. El tema es que cuando pensaba en mi vida, a priori la veía como que había sido feliz, tenía muchos amigos, adoraba a mi madre, tenía la familia perfecta, había descubierto el amor y todo ese tipo de cosas que uno cree hasta los 6 u 8 años de edad. Cuando empecé a escribir me di cuenta que todo eso era falso, que hubo un período de mi vida que no lo recordaba. En ese vacío no sabía qué escribir y salté a los 15 años, sin saber qué había pasado en el medio. Entonces empecé a recordar cosas increíbles. En lo conciente todo parecía perfecto, pero en lo subconsciente estaba totalmente freak out, me había olvidado por completo que hasta los 12 años no podía dormir en mi cama por miedo al diablo. Es más, tuve episodios tan extraños como despertarme con el fantasma de la ópera a mi lado o aparecer desnudo en medio de la calle. Es decir, el miedo es central en mi vida, pero no por eso voy a esconderlo.
¿Hoy cuáles son tus miedos?
Muchos, pero los estoy enfrentando y con este libro creo que he progresado mucho. Si bien siento que los fantasmas revivieron y se metieron en mi conciencia, al menos dejé de tener miedo en mi subconsciente… están en mi vida y no en mis sueños.
¿En esto te sentís identificado con algún autor local? Sé que sos bastante reticente a que se te vincule con la obra de Mario Levrero, pero tu libro tiene mucho de El discurso vacío…
No me molesta, sería ridículo decir que Levrero no influenció a buena parte de los escritores jóvenes uruguayos. Pero sí me molesta cómo se sobredimensionó todo alrededor de él. Con respecto a si me siento identificado con algún autor nacional, en realidad no lo sé. Sí puedo nombrarte a tres de los autores que leí hasta de canto y cuya obra me obsesionó, que son Líber Falco, Juan Carlos Onetti y Mario Levrero. Para darte un ejemplo, me obsesionó tanto Falco que me paseaba por Jacinto Vera por horas. También llegué a caminar por la calle Dante, que ahora se llama Haedo, porque allí vivió Onetti un tiempo, haciéndome todo tipo de películas en la cabeza ya que en la esquina hay un almacén que se llama Santa María.
¿Hay en la novela un intento por confesarte ante ti mismo?
No sé, es un intento de entender mi relación con mi padre, una relación llena de silencios y preguntas. En el fondo me di cuenta que somos muy parecidos y aunque no llegamos a calar hondo el uno en el otro, en un sentido siento que sí habíamos logrado decirnos muchas cosas. Es curioso pero creo que lo que mejor logro en la novela es saber que puedo continuar con algunas cosas que él empezó, porque por mucho tiempo pensé que mi padre había fracasado, lo cual me daba pena porque se había muerto.
¿En esa fricción nace la literatura?
En El luchador invisible hay una intención de hacer las paces con mi padre, no de pelear. En el fondo creo que eso es la literatura. Escribir te da la oportunidad de vivir de manera distinta, con otra visión, y te ofrece esa opción de volver a ver la vida de uno de una manera menos torpe.