Mercedes Estramil
SON MEMORIAS sin amor. O mejor, memorias con odio. Y un odio visceral, de esos que no llegan al amor en un solo paso. Así es La inocencia, último título de Felipe Polleri, escrito contra el barrio de Pocitos, contra lo políticamente correcto, contra la familia vestida de institución, contra la “vida sana” y contra sí mismo. Tan sólo a favor de la poesía de William Blake, que no es nada inocente, y cuyos proverbios son usados a lo largo del libro como sentencias reveladoras.
Polleri (n. 1953) escribe desde joven y luego de una edición de autor con El payaso y sus juegos (1982), sorprendió con Carnaval (1990), una nouvelle demoledora, concisa, sobre un mundo monstruoso y envolvente, el del fracaso. Un fracaso que tenía que ver con la imposible inserción del artista en el mundo, y con la presencia invasora del mundo en el artista. Con variantes ese enfoque siguió presente, desde Colores (1991) hasta El alma del mundo (1995) o la más reciente Gran ensayo sobre Baudelaire (2007), lectura de entrecasa de un mito romántico que se desacralizó a sí mismo antes que nadie más lo hiciera, actitud que Polleri comparte.
El narrador de La inocencia es un cuarentón solitario y depresivo, Rodolfo, huérfano de esas familias de abolengo y fortuna deteriorados, criado para ser doctor pero deseoso de ser ventrílocuo, es decir, de hablar lo que no está permitido aunque sea por boca de un muñeco. De las memorias de ese personaje atormentado, que utiliza un tono aniñado y virulento para realizar una catarsis que si no lo libera por lo menos lo confronta, el autor viaja a su propia infancia en Pocitos. Un poco en la estela de los personajes del Ricardo Prieto narrador (Pequeño canalla, 1997; Amados y perversos, 1999) pero con una repulsión más a flor de piel, Polleri dibuja una burguesía decadente, temerosa de todo lo que signifique intercambio, mezcla, contaminación.
De un lado están “los grasas”, la servidumbre, habitantes de los barrios periféricos; del otro los propietarios suicidas, enfermizos, dementes, asexuados, y profundamente solitarios. Ese blanco y negro a todas luces esquemático es uno de los vehículos para que el narrador haga su descarga emocional y su expiación. Otro es cierta pátina surrealista o herencia de Lautréamont para transmitir zonas de horror interno, relegadas a la imaginación, sustitutivas de la personalidad fuerte que falta o que haría falta para enfrentar la vida. Otro es la indefinición biográfica que el propio Rodolfo propaga, como el niño que no termina de entender quién es quién en el álbum familiar, o el adulto desesperado de esperar, que se inventa una novia o una esposa imaginaria.
La autenticidad que Mario Levrero señaló en Polleri continúa. Es la del poeta que fracasa, que no da con la prosa brutal de lo real si no es con la misma brutalidad explícita y sin vueltas tibias. Sigue siendo un Polleri parco, sin adjetivos, sin eufemismos, incluso a riesgo de repetirse en un estilo torrencial pero fragmentado. En La inocencia tal vez haya más llanto que furia por las traiciones de la vida, más resignación que rebeldía.
Detrás de la metáfora real de ese Pocitos de dinosaurio en extinción pasa Uruguay entero y la humanidad toda, que busca amor aunque no encuentre, y que en los casos más graves ni siquiera busca. De esta renuncia letal es que trata La inocencia. Dividida en tres partes y especular, termina con un curioso álbum de familia que rellena, con dibujitos del propio Polleri mostrando desnudos grotescos y mutilados, los recuadros vacíos del cuerpo de la novela. Un poco como los libros infantiles, con estampas al final que se despegan y se reubican en su lugar. Sólo que acá nada se reubica, excepto tal vez la inocencia, pero una al estilo dostoievskiano, llegada luego de cometidos y confesados todos los crímenes necesarios.