Carnaval

El País Cultural
26 de octubre de 1990

Carnaval es una novela breve, de fácil lectura. Los problemas del lector comienzan cuando llega a la última línea y cierra el libro. Si en una novela policial este acto es liberador, y transforma por lo general a la obra leída en un entretenimiento concluido y olvidable, en Carnaval puede ser el comienzo de una preocupación.
La referencia a la novela policial no es ociosa; aunque no hay detective ni misterio a desentrañar, la forma del relato remite a menudo a los grandes ejemplos de la llamada “serie negra” norteamericana. En especial por el deambular del protagonista que enfrenta distintos personajes y ambientes, por la agilidad y concisión del lenguaje y por sus metáforas muy coloridas, y hasta desaforadas, como las de Chandler.
El protagonista (Quique) es un joven poeta que vive una soledad en buena medida autogenerada, acosado por un entorno fundamentalmente feo y carente de sensibilidad y afecto, en el que no cuesta reconocer paisajes y personajes montevideanos. En ese entorno busca algo no expresado y se encuentra con seres miserables, se identifica con ellos y en ellos vuelca el desprecio que siente por sí mismo. Su búsqueda se transforma casi en persecución, y se define cada vez más con una búsqueda del rechazo.
Si bien es un relato en primera persona, el autor se las arregla para guardar sutilmente distancias con el personaje, sin identificarse por completo con él y sin permitir por tanto que lo haga plenamente el lector —como sucede con personajes de Dostoievski o de Arlt— al exagerar los rasgos y las respuestas negativas, que por momentos bordean la caricatura.
El lector queda atrapado en un doble o triple juego de malabarismo en el que tal vez lo menos importante sea la línea argumental. Lo más llamativo es la acumulación de imágenes coloridas, el lenguaje a la vez procaz y austero, y los personajes y paisajes montevideanos pintados con una crudeza que evoca los cuadros de Ensor o los grabados de Goya. La presencia de los seres marginales —borrachos, prostitutas abomi-nables, mendigos, gatos sarnosos— se convierte en materia prima para una alquimia literaria que, más allá de la denuncia, la transmuta en belleza.
No es El Pozo de Onettí: en Polleri no hay tintes depresivos, sino furia. Pero cuando la fealdad y la miseria (que son reales y reconocibles y que obligan al lector a una mayor conciencia de su entorno) pueden pintarse con colores tan hermosos, es que existe un “doble mensaje”. A pesar de la primera persona en que se narra, el autor no dice exactamente lo mismo que el protagonista: en el autor hay una vuelta de tuerca redentora. Que el protagonista se hunda o no se hunda definitivamente a partir de una especie de juego feroz que él mismo inventó no es una fatalidad, sino un azar: el medio condiciona, y mucho, pero la libertad es posible.
Al cerrar, pues, el libro, el lector ha adquirido un enigma irresuelto (quién es, qué quiere realmente el protagonista), una visión revulsiva de nuestro entorno (que de tanto verlo solemos pasar por alto) y posiblemente la reactivación de la propia adolescencia sepultada.
Esta edición de Carnaval ha sido publicada por la Editorial Signos por convenio con ASESUR-PIT/CNT. Esto le asegura previamente su distribución entre cierto número de lectores, pero al parecer no está prevista la distribución en librerías, con lo que aumenta el riesgo habitual de que una obra significativa de nuestra literatura pase inadvertida durante mucho tiempo.

J.V.