Hace pocos días, en estas mismas páginas, los lectores de Brecha conocieron la opinión del mexicano Sergio Pitol, reciente premio Cervantes, sobre los escritores “excéntricos”, aquellos que Rubén Darío destacó con el holgado pero estricto santo y seña de “raros”. Seguramente quienes alguna vez leyeron un libro de Felipe Polleri (El payaso y sus juegos, 1982; Carnaval, 1990; Colores, 1991; Amanecer en Lisboa, 1998; El rey de las cucarachas-Vida de los artistas, 2002) optaron por incorporarlo a ese “grupo sin grupo” -al decir de Pitol- disperso en el universo. No parece casual que Polleri (Montevideo., 1953) decidiera escribir sobre muchos de esos creadores en la sección regular que bajo el título “Nuevos libros viejos” lleva su firma en El País Cultural. En la del 29 de diciembre último señalaba, refiriéndose a Jean Genet, que muchas veces la literatura de esos raros “no es linda como la solidaridad o las rosas “, y que es producida con el único propósito de “Salvarse a sus propios ojos, metamorfoseando sus humillaciones, asquerosidades y delitos (en) belleza”. Hace quince años Mario Levrero observaba algo afín en la introducción que escribió para Colores, al afirmar que Polleri miraba “cara a cara cosas que por lo general la gente prefiere no ver (…) enfrentándose con sus demonios, y eso no es fácil”.
El alma del mundo es un libro a salvo de cualquier domesticación, un libro por suerte “raro”, como todos los del autor. En él se alteran los escenarios, se invierten las cronologías, se confunden los personajes y no parece ser el sentido el que crea las palabras sino éstas a aquél. Realidad y distintos planos de ficción se interpenetran constantemente, adquiriendo el discurso un aura delirante, esquizofrénica, tan apta para cautivar como para ahuyentar lectores. Al abrir el libro, antes incluso de topar con los créditos de imprenta, Polleri incluye él facsímil de una hoja escrita a mano, generosamente regada de tachaduras y enmiendas. Como si las tensiones de lo escrito y lo borrado fueran insuficientes, sus márgenes han sido guillotinados (mutilados) faltando en cada renglón las palabras finales. Reiterado el recurso en la última página del volumen, el texto íntegro queda enmarcado en un virtual manuscrito que borronea, obsesivo, el personaje principal, reuniendo a los rastros y fantasmas que encuentra en las encrucijadas de su memoria.
Un “paciente” y una “doctora” -que escenificarán progresivas sesiones de terapia integran el reparto del aparente texto dramático que abre la primera de las dos partes en que se organiza El alma del mundo. Como en otras obras de Polleri (Carnaval, Colores) el protagonista es un creador, un artista que no concibe la obra separada de la vida y trata, desesperadamente, de transgredir la distancia obligada entre la palabra que representa y la cosa misma. Su transgresión lo llevará al crimen y a la locura, a gritar en un manicomio su desgarro y a destrozar el lenguaje para existir -en soledad, alienado, incomprendido- desde la voz de la subversión y la impostura, y desde otros lenguajes que desandan como hacia atrás el itinerario formal para proponer secuencias improbables capaces de resignificar el alarido. Una puesta en abismo -que a la vez que oculta, descubre- depara páginas en las que lo escrito se desdibuja. Una foto recortada, grandes manchas blancas con forma de árbol, hoja, pájaro, que impiden leer el texto que subyace; hileras de nombres con cruces y números señalando lo que nunca se sabrá qué es.
La segunda parte también apuesta al fragmentarismo a través de una serie de pinturas que no pueden ‘Verse” pero a las que accedemos por el relato interesado que el pintor/paciente/narrador hace de ellas a su terapeuta. Historias mínimas, de concentrada violencia y marginalidad al borde. Una página se llena (o se vacía) con un gran rectángulo o por lo menos las cuatro líneas que lo forman, bajo el cual se menciona el título de la acuarela que en ese marco debió reproducirse pero quedó en blanco. Al poeta y artista plástico Gustavo Wojciechowski (que dirige la colección Yaugurú ) se debe el diseño gráfico que materializa esa forma “otra” de percepción propuesta por los caminos alternativos que transita Polleri. Caminos que interpelan y golpean al lector. Que hablan de las fronteras de lo imaginario y lo posible, de la función de la escritura como experiencia de los límites, y de las formas, conscientes e inconscientes, del sufrimiento y la soledad del ser humano.
Alicia Torres