Los primeros años de esta década que acaba fueron un buen momento para el narrador Felipe Polleri (Montevideo, 1953). La edición de su tercera novela, Colores (Arca, 1991), estuvo acompañada por una “presentación” de Mario Levrero en la que le daba la bienvenida reconociéndolo como un “escritor auténtico”. Maestro tan admirado como involuntario, Levrero destacó la autoexigencia y la morosidad del proceso de creación de Polleri. Carnaval había sido publicada un año antes que Colores, en 1990 por Signos, y mereció una segunda edición en Banda Oriental en 1992, con un prólogo de Rafael Courtoisie. En una entrevista recogida en la edición de Colores, Polleri declaró estar escribiendo otra “novelita”. “Supongo que va a cerrar la trilogía que empezó en Carnaval, sigue en Colores y termina (o no) con la que estoy haciendo ahora (…). Yo hablaría de tres novelitas “negras” (algo distorsionadas) sobre artistas y criminales más o menos interesantes.” Quedaba fuera de ese “proyecto” una obra anterior: El payaso y sus juegos (1982).
Amanecer en Lisboa parece ser esa tercera novela que Polleri estaba escribiendo siete años atrás. Como él mismo señaló, en las tres el protagonista es un artista-criminal. Un ser que se autoexcluye, que no quiere pertenecer al mundo de los “hijos de puta”, de los integrados. Con matices, hay un escenario afín en esta “trilogía”: pensiones, circos, payasos, magos, borrachos, señoras gordas, prostitutas, una amplia comparsa de marginados, mutilados físicos y morales. Narrada en primera persona, ya avanzada, la novela, el protagonista de Amanecer en Lisboa logra decir y decirse su nombre: “Soy Gabriel”. Esa manera de plantear la identidad como un problema o una conquista ligada al nombre establece también una continuidad con lo anterior. Las tres tienen un carácter esperpéntico, antirrealista; romántico, en su predominio de lo emocional. Otro rasgo compartido es la sutil orquestación de pequeños fragmentos y la presencia como sello personal, y generacional, de duros momentos de violencia y de asco. Amanecer en Lisboa es más poética que las anteriores, que ya estaban desgarradas por un lirismo desamparado que tironeaba de las exigencias de congruencia y continuidad de la narración. El narrador potencia la elipsis, la sugerencia.
Una de las líneas singulares que a la salida de la dictadura vehiculizaron todo el horror del mundo al que se abría los ojos fue la de esa “estética del puñetazo” para la que Carnaval y Colores fueron obras iniciáticas. Torquator (1993) de Henry Trujillo, Alka Seltzer (1994) de Alvaro Buela, Cadáveres exquisitos (1995) de Rafael Courtoisie, son algunos de los títulos que dieron permanencia y continuidad a esa modalidad “negra”, atormentada, excesiva de narrar. Los textos recientes de alguien tan joven como Daniel Gorjou-Mella-González (1976), Pogo (1996) y Derretimiento (1998) parecen señalar que esta modalidad no se ha agotado. Sin embargo, es posible pensar que el lector golpeado, vapuleado, sometido a madres violadas, padres asesinados, niños mutilados, abuelos perversos; a vómitos, mocos, costras, en fin, a toda clase de secreciones y de abominaciones, es hoy menos sensible a los golpes que esta literatura le depara. Amanecer en Lisboa es leída con menos sorpresa, con menos molestia de lo que lo fueron sus antecesoras. Se puede percibir ya una retórica, una manera de decir a la que el escritor Polleri ha permanecido fiel. Está cargada de cierto amaneramiento, propio de la obra final. En ella, el narrador habla en más de una oportunidad de “la canción de la locura”. Hay tal vez, un distanciamiento más marcado que en las otras y un énfasis mayor en lo operístico: en sus escenarios “artísticos”, prefabricados, buscadamente no realistas; en su juego y recurrencia de motivos, situaciones, personajes. Parecería que Amanecer en Lisboa sí es un cierre en el mundo de Polleri. El narrador se permite al final plantear una posibilidad de salida en el amor, que hace vislumbrar algo de luz entre tanta negrura, un poco de aire en esa clausura asfixiante.
Carina Blixen