Se anuncian auroras

Brecha
8 de enero de 1999

Los primeros años de esta década que acaba fueron un buen momento para el narrador Felipe Polleri (Montevideo, 1953). La edi­ción de su tercera novela, Colores (Arca, 1991), estuvo acompañada por una “presen­tación” de Mario Levrero en la que le daba la bienvenida reconocién­dolo como un “escritor auténti­co”. Maestro tan admirado como involuntario, Levrero destacó la autoexigencia y la morosidad del proceso de creación de Polleri. Carnaval había sido publicada un año antes que Colores, en 1990 por Signos, y mereció una segunda edición en Banda Oriental en 1992, con un prólogo de Rafael Courtoisie. En una entrevista recogida en la edición de Colores, Polleri declaró estar escribiendo otra “novelita”. “Su­pongo que va a cerrar la trilogía que empezó en Carnaval, sigue en Colores y termina (o no) con la que estoy haciendo ahora (…). Yo hablaría de tres novelitas “negras” (algo distorsionadas) sobre artistas y criminales más o menos interesantes.” Quedaba fuera de ese “proyecto” una obra anterior: El payaso y sus juegos (1982).
Amanecer en Lisboa parece ser esa ter­cera novela que Polleri estaba escribiendo siete años atrás. Como él mismo señaló, en las tres el protagonista es un artista-criminal. Un ser que se autoexcluye, que no quiere pertenecer al mundo de los “hijos de puta”, de los integrados. Con matices, hay un escenario afín en esta “trilogía”: pensiones, circos, payasos, magos, borrachos, señoras gordas, pros­titutas, una amplia comparsa de marginados, mutilados físicos y morales. Narrada en pri­mera persona, ya avanzada, la novela, el pro­tagonista de Amanecer en Lisboa logra decir y decirse su nombre: “Soy Gabriel”. Esa manera de plantear la identidad como un problema o una conquista ligada al nombre establece también una continuidad con lo anterior. Las tres tienen un carácter esperpéntico, antirrealista; romántico, en su predominio de lo emocional. Otro rasgo com­partido es la sutil orquestación de pequeños fragmentos y la presencia como sello personal, y generacional, de duros momentos de violencia y de asco. Amanecer en Lisboa es más poética que las anteriores, que ya estaban desgarradas por un lirismo desamparado que tironeaba de las exigencias de congruencia y continuidad de la narración. El narrador po­tencia la elipsis, la sugerencia.
Una de las líneas singulares que a la salida de la dictadura vehiculizaron todo el horror del mundo al que se abría los ojos fue la de esa “estética del puñeta­zo” para la que Carnaval y Colo­res fueron obras iniciáticas. Torquator (1993) de Henry Trujillo, Alka Seltzer (1994) de Alvaro Buela, Cadáveres exqui­sitos (1995) de Rafael Courtoisie, son algunos de los títulos que die­ron permanencia y continuidad a esa modalidad “negra”, atormen­tada, excesiva de narrar. Los tex­tos recientes de alguien tan joven como Daniel Gorjou-Mella-González (1976), Pogo (1996) y Derreti­miento (1998) parecen señalar que esta mo­dalidad no se ha agotado. Sin embargo, es posible pensar que el lector golpeado, vapu­leado, sometido a madres violadas, padres asesinados, niños mutilados, abuelos perver­sos; a vómitos, mocos, costras, en fin, a toda clase de secreciones y de abominaciones, es hoy menos sensible a los golpes que esta literatura le depara. Amanecer en Lisboa es leída con menos sorpresa, con menos moles­tia de lo que lo fueron sus antecesoras. Se puede percibir ya una retórica, una manera de decir a la que el escritor Polleri ha permaneci­do fiel. Está cargada de cierto amaneramien­to, propio de la obra final. En ella, el narrador habla en más de una oportunidad de “la can­ción de la locura”. Hay tal vez, un distanciamiento más marcado que en las otras y un énfasis mayor en lo operístico: en sus escenarios “artísticos”, prefabricados, buscadamente no realistas; en su juego y recurrencia de motivos, situaciones, personajes. Parecería que Amanecer en Lisboa sí es un cierre en el mundo de Polleri. El narrador se permite al final plantear una posibilidad de salida en el amor, que hace vislumbrar algo de luz entre tanta negrura, un poco de aire en esa clausura asfixiante.

Carina Blixen