A pesar de que fue publicada sólo en un “club del libro” montevideano, la breve novela Carnaval, de Felipe Polleri, atrajo en 1990 la atención de la critica y los lectores. Ambientada en entornos sórdidos, Jorge Varlotta la definió como un texto donde “lo más llamativo es la acumulación de imágenes coloridas, el lenguaje a la vez procaz y austero, y los personajes y paisajes montevideanos pintados con una crudeza que evoca los cuadros de Ensor o los grabados de Goya.” Nacido en el barrio de Pocitos en 1953, Polleri publicó una novela anterior, El payaso y sus juegos (1982).
Carlos Cipriani López
Sostener que todo el año es carnaval puede ser una manera de subrayar la existencia de un mundo penetrado totalmente por la ficción.
El “carnaval” que creó Polleri asume y resume, precisamente, el ritmo de una cultura extraña, descubre los colores y ritos de lo pagano en una ciudad sumergida, donde ya no afloran preguntas trascendentes, donde, además, se ha arrasado con los juicios de valor infalibles.
“En Carnaval había una experiencia que contar, un sentimiento de las cosas que trasmitir. Los aspectos técnicos son, para mí, absolutamente secundarios. Yo no paso de la técnica a lo que tengo que comunicar, sino al revés. El instrumento se buscó y se encontró solo, mientras se iba escribiendo la novela. Creo que escribir es construir un punto de vista personal. Actualmente hay una especie de desprecio por lo humano; yo no comparto por ejemplo eso de que todo termina en saber si se aplicó la técnica cuatro, siete o veinte”, dice Polleri.
Polleri acepta dos vertientes claves en su formación literaria: la novela norteamericana, en especial la de la “serie negra”, y la producción rusa del siglo XIX. De Hemingway parece haber captado la pasión por el uso de frases concisas. Y de Dostoeivski —más que el dato técnico— habría aprendido la necesidad de acercarse a lo real como al suceso más fantástico: “El conocimiento de las cosas no se obtiene con un paseo turístico. Un bichicome no es sólo eso, significa algo, es algo más, nos engloba a todos de alguna manera; todo nos engloba a todos”.
Tratando de sintetizar la importancia de la amalgama entre temas y técnicas, Polleri confiesa riendo que, dentro de la literatura uruguaya, “Onetti es el mejor, no porque técnicamente sea soberbio sino porque es el que tiene más cosas para decir”.
En la misma lista de nombres agrega a Banchero, como una figura que está muy próxima a sus intereses de narrador, y mientras muestra leves preferencias por Levrero y Campodónico, explica sin compromisos que en general (salvo por amistad), no lee literatura uruguaya, “tal vez por malas experiencias” y que sí recorre a menudo varios “lugares comunes del boom latinoamericano”.
Leer en cine
Pensando siempre al relato como un componente de primer grado tanto en la actividad cinematográfica como literaria, Polleri se concentra en desarrollar su idea de que “el cine está recibiendo y proyectando mucho mejor que nadie el clima del siglo XX”. Con admiración alude a Kieslowski, el polaco que dirigió hace un par de años Una película de amor. Por encima de favoritismos hacia realizadores recientes y clásicos (Bergman, Kurosawa), declara una enorme atracción por “la cualidad hipnótica y onírica del cine”, a la vez que reniega del video, “una especie de subproducto visual”.
Para volver más evidente su obsesión por la imagen en movimiento llega a considerar la curiosa dicotomía presente para él en el arte español contemporáneo: “En literatura española se piensa que el floripondio, el adorno, sirve, funciona. Hay novelas sobre pescadores donde las descripciones parecen más bien de la corte real. En el cine, por el contrario, no pasa eso, tienen una economía de recursos que no demuestran escribiendo. El español hablado es muy expresivo. Furtivos, por ejemplo, es una película que contiene toda la dureza característica de lo español. Matador, de Almodóvar, me pareció excelente. A mí lo que me interesa sobre todo es la marca del calor humano, aunque sea negativo, aunque esté cercano al odio”.
Conectando estas áreas de influencia con algunos secretos de su trabajo, Polleri manifiesta su falta de fe en un proceso deliberado de mirar: “Todo tiene resonancias, las cosas van rebotando durante muchísimos años. Hay algunos asuntos en Carnaval que surgieron de hechos mínimos y viejísimos y que por algún motivo crecieron. Carnaval es una manera de mirar, es una novela en primera persona en la que un protagonista registra y analiza cosas en tanto reacciona frente a ellas. En eso, creo que me ha influido el cine”.
La palabra y el boxeo
Cuando Polleri recuerda una pelea callejera, el tema del box —el de lujo, el profesional— asoma como uno de los capítulos más exóticos de la conversación: “Desde un ángulo psicológico, el box me parece fascinante. Me interesa ver cómo se ganan y se pierden las peleas psicológicamente, cómo el tipo más estructurado desgasta a su rival en un enfrentamiento que está más allá de la técnica y de la fuerza de los golpes. El box pienso que es un deporte en el que se suele ver la brutalidad de dos que se pegan, y no se ve el genio que hay que tener para actuar en el momento oportuno. El gran boxeador, el gran jugador de fútbol, y en este caso también el gran escritor, son los que resuelven los problemas del modo más inesperado”.