Un pintor de novela

Brecha
14 de febrero de 1992

Xavier Uranga

En diversas ocasiones se ha evocado la leyen­da, algunas de las veces por quienes dicen ser testigos presenciales: Onetti se habría levantado (raro en él) de la lectura de El Perseguidor, de Cortázar, para quebrar de un puñetazo el espejo del botiquín del baño. La leyenda, los cultores de la leyenda, agregan angustia, admiración, rabia o simplemente atavismo desatado por la lectura.

Quién sabe dónde estará ahora aquel botiquín con el espejo quebrado, suerte de envase vacío que habría añadido siete años de mala suerte adicionales, o simplemente de desdicha, al autor de Dejemos hablar al viento.

El asunto viene a cuento porque no es frecuente que la literatura provoque descargas de energía corporal: la tecnología ha querido reservar ese rol al cine y al video. La literatura se conjuga con reflexión, o al menos con fruición apacible. Pero no es así, a veces no es así. Real o no, la anécdota es algo más: es creíble, es verosímil.

El primer libro de Felipe Polleri se llamó El payaso y sus juegos1. El segundo, Carnaval2, tomó por sorpresa a más de un lector desprevenido, arrancó algo. Un amigo a quien presté el libro -no me lo devolvió y aprovecho para reclamarlo con vehemencia por este único medio- me contó después que había tenido que salir al balcón de su casa a buscar aire, un aire que creyó que le faltaba al promediar la lectura, un aire que apenas comprimió en los pulmones volvió a exhalar con fuerza, purificándose. Volvió a la lectura, compulsivo, y no dejó el libro hasta el final. La mujer lo llamó varias veces para cenar y no cenó. A las dos de la mañana salió a recorrer boliches, a tomarse algunas y a contarle a los parroquianos lo que acababa de leer. Nadie entendió nada, lo creyeron rayado. A las siete del día siguiente tocó el timbre en casa. Venía sin el libro, pero con algo que el libro le había provocado.

Todo el año es carnaval

En Carnaval había un escritor completo dispuesto pagar derecho de piso. Venía de la nada: El payaso y sus juegos, de 1982, con ser un libro prometedor, no tenía la estatura de éste. Cayó en el vacío culposo donde los sapos se humedecen el lampiño lomo, pasándose las lenguas y croando ante el intruso. Ese libro fue reseñado entonces por este cronista.
Pero Carnaval es un volumen difícil de obviar. De cuidadísima escritura y estructura prolija en lo novelístico, contenía literatura de alta pureza. Polleri se lanzaba con un planteo narrativo que elegía una suerte de “arte mayor-menor”, si se permite el oxímoron: una novela corta que alcanzaba la perfección de un cuento largo, que no iba más allá de lo necesario para complacer a las tías, que no rellenaba. La temática no era totalmente novedosa, pero sí lo era el intransferible punto de vista que la aprehendía.
Una de las cosas que deslumbraba era el ritmo: prolijamente logrado, atado a palabras que nunca estaban de más y que en ciertos pasajes hacían pensar en los minimalistas norteamericanos, en particular alguna zona de Carver. Pero Polleri desplegaba un repertorio mucho más generoso, lleno, y en ese sentido se parecía más a algunas exuberantes películas del cine italiano, prodigas en una visualidad que jamás vio la literatura “de balneario”, ni mucho menos la novela de compromiso, ni la narrativa epigonal urbana. Algo raro: la generosidad enorme cabía en lo poco. Uno de los prodigios estilísticos de Polleri es la síntesis. Donde Carver resulta lineal Polleri es multilineal sin dilatarse. Raro. Una cosa rara. No vista.

Para colorear y armar

En Colores3 la cosa fue más allá. Lo más fácil era repetir la estructura de Carnaval y llenarla de “otra cosa”, o de lo mismo con variaciones. El público igual hubiera aplaudido entretenido, ya menos sacudido por la prevención de Carnaval. Pero no: Felipe Polleri buscó una estructura fragmentada que a la vez articulara, como las piezas de un extenso postigo, en la obra mayor. Hizo una novela atrevida. Los que están acostumbrados a leer un promedio de cuarenta o cincuenta por ciento de relleno en las novelas extranjeras, que por requerimientos de mercado nunca bajan de las 150 páginas, pueden llegar a creer que a la obra le falta algo. Y tienen razón: Polleri, antes de entregar la obra a la imprenta, sacó o evitó toda la estopa. Una novela no es un sofá-cama, no tiene por que ser mullida. La literatura no se escribe para que la gente duerma la siesta encima. Se escribe para que se levanten de la lectora y den un puñetazo en un espejo, como dicen que hizo Onettí. O por lo menos, para que ese puñetazo, para que ese gesto, sea interior.
Esto, claro, tiene un riesgo. Riesgo que se corre pero que empieza a salvarse desde el título: cuando usted compre y se trague de un golpe el primer volumen de la colección Deúltima de Arca, Colores, estará comprando un libro y una entrada de cine, estará asistiendo a un vernissage donde las pinturas exhibidas son inolvidables y donde hay acción y aventura. Hay escenas montadas con el mismo criterio narrativo que lo mejorcito del cine de acción yanqui, y hay escenas montadas con el espíritu de aquelarre y la excitación barroca de las más audaces filmadas en Cinecittá. En pocas palabras: la obra lo va a conmover, pero también le dará espectáculo.

Las tres Marías: Sábato, Moravia, Polleri

Para darle una idea al lector despistado citaremos dos antecedentes narrativos que a manera de orientación permitan ubicar -con la incertidumbre propia de estas aproximaciones- esta obra en el sistema de coordenadas de la literatura contemporánea.
Uno de ellos es el personaje de El Túnel, de Ernesto Sábato. El parentesco ya comparecía en la primera novela, Carnaval, pero aquí se hace algo más explícito en el perfil psíquico del pintor. El otro antecedente es la dilatada novela (esa sí, con relleno) El aburrimiento, del italiano Alberto Moravia. Allí también, el protagonista es un pintor, allí también se juega con esa ambigüedad vital que da el arte dentro del arte, allí también se especula con los colores. La coincidencia de anécdotas y de algunas situaciones se fractura por la nítida diferencia escritural: el mundo del italiano se desenvuelve moroso, con una viscosidad existencial; el del uruguayo es poderosamente dinámico, vibrante. Moravia emplea la paleta baja y Polleri los colores más vivos, aunque tampoco desdeña los otros.

La pregunta de Porky

Hay otro aspecto en esta obra que es continuación de una de las líneas volcadas en Carnaval: la lectura epocal. Si desde la vuelta a la democracia se está buscando -y proclamando la necesidad- de una “nueva literatura” he aquí un posible, inquietante espécimen de muestra. No epigonal. Un cambio de discurso literario que se compadece con un cambio de cualidad en la multiplicidad de los discursos. Hace años que se verifican indicios de agotamiento de una propuesta literaria y se esperaba el advenimiento de otra. Pues bien, aquí hay una posible punta de la madeja de “esa otra”.
Declara Polleri en un reportaje4 acerca del personaje de su anterior novela: “La solidaridad es una esperanza, yo no la veo como una realidad palpable. Sí, de pronto, un proyecto ético”. Y un poco lo que hace el personaje es justamente esa comprobación: la solidaridad no se practica. Él vive esa falta, y en cierta forma el trasfondo de la novela marca una búsqueda de amor, adentro de él mismo y también afuera. Ese mundo solidario de que tanto se habla no coincide con la realidad. Y de pronto en ese sentido sí hay una ruptura de valores éticos proclamados.
Esa ruptura de valores éticos proclamados es puesta en discurso de una manera nueva. Justamente, se deja de “proclamar” (como fue característico en los últimos treinta años) y se muestra, de paso, sin intención de moraleja, el vaciamiento de esa “proclama”, su orden de realidad fraguado.
El padre del protagonista de Colores habla, agonizante, de esos “hijos de puta”: “todos los hombres y mujeres del mundo, con dos o tres excepciones”. En la página cincuenta, Porky se pregunta: “¿Por qué el buen Jesús, me dije, había gritado que podíamos amarnos los unos a los otros? Mentiroso, pensé”.

Proposición final, indecorosa

Para los cromáticos y también para los desteñidos, grises, invisibles: crayolas, témperas, spray… y Colores, de Felipe Polleri. Atrévase a mancharse.