Semanas atrás la editorial Signos publicó en su colección “Libros para todos” una breve novela de un escritor poco conocido en el ámbito cultural montevideano, Felipe Polleri. Carnaval, tal el título de su obra, se adentra, desde un personaje que linda lo marginal, en una versión despiadada y sórdida de un Montevideo que rehuye el contacto social y que parece haber dejado de lado algunos de los valores básicos de la convivencia. El tránsito desafortunado de su héroe nos estaría aproximando con fundado temor a una ciudad donde la soledad y la desesperación de sus habitantes parecería ser el signo más evidente de este fin de siglo. Felipe Polleri nació en Montevideo hace treinta y ocho años, y había publicado en 1982 su primer libro, El payaso y sus juegos. Casado con dos hijos, Polleri es bibliotecólogo.
por Hugo Fontana
Pienso que Carnaval no es una novela de un solo planteo, sino que pretende ser lo más abierta posible a distintas interpretaciones.
-Sin embargo, en ella aparece un tema que, creo yo, es el que termina pesando mas: la experiencia de un Montevideo muy sórdido, una mirada muy despiadada sobre “la tacita de plata”.
-Puede ser… Sin embargo pienso que hay zonas de Montevideo que son totalmente así como las describo, y mucho peores también.
-Pero hay Imágenes que golpean: la soledad, lo penumbroso, las mujeres y los hombres tirados en las veredas, los prostíbulos. Es una versión casi similar a la que el filme Blade Runner hace de Los Angeles del siglo XXI.
-Sí, pienso que un poco el resultado puede haber sido ése. No fue estrictamente intencional: la novela se fue armando en la medida de su escritura; yo no me planteé hacer un Montevideo distinto, de tal o cual manera. Allí hay cosas que vi, otras que imaginé, otras que inventé, pero que para mí corresponden a una cierta versión de la realidad. Por supuesto que se puede ver otro Montevideo, otros barrios.
Hay, entonces, como una suerte de re-versión de la necesidad de volver protagonista lo urbano en la literatura nacional, tal como lo reclamaba Onetti hace cincuenta años. Pero lo urbano casi como un castigo…
-Sí, sí. Las ciudades modernas son como un castigo. Pienso que debe ser mucho más cruel que Montevideo una gran metrópoli con 10 millones de habitantes. Montevideo guarda aún zonas acaso provincianas, que funcionan como un barrio, muy cambiados de todas maneras a lo que eran unas décadas atrás. Pero se conservan zonas que pueden verse como más solidarias. Pero hay otras que son duras de vivir, despiadadas.
-¿Cómo se construye el personaje de la novela, un individuo que transita esta ciudad y que también él es muy sórdido?
-Hay una identificación ¿no? Hay un Montevideo marginal, de personajes marginales, y el personaje se siente de alguna manera un marginado. Él rompió con su propio medio, un medio aristocrático, y aunque aún puede contar su experiencia, ya se identifica con el medio en el que vive. Lo que lo hace un privilegiado es su bagaje cultural.
-Allí se evidencia también una suerte de fractura ética, tanto en esa geografía amarga como en la relación del individuo con sus vecinos. ¿Eso responde a una versión posmodernista de Montevideo y de sus habitantes?
-Te lo digo francamente; yo no tengo muy claro qué es el posmodernismo. Es más fácil comprenderlo en el cine, por ejemplo en Blade Runner, pero no tanto en la literatura: no noto que haya una ruptura tan grande.
-Claro, pero me refiero a ese tránsito del héroe de la novela a través de escombros humanos, donde se hace manifiesta la degradación de determinados valores, por ejemplo la solidaridad. En Carnaval la solidaridad como valor no aparece…
-La solidaridad es una esperanza, yo no la veo como una realidad palpable. Sí, de pronto, un proyecto ético. Y un poco lo que hace el personaje es justamente esa comprobación: la solidaridad no se practica. El vive esa falta, y en cierta forma el trasfondo de la novela marca una búsqueda del amor, adentro de él mismo y también afuera. Ese mundo solidario del que tanto se habla no coincide con la realidad, y de pronto en ese sentido sí hay una ruptura de valores éticos proclamados. El es muy agresivo, y esa vocación por la agresividad es clara en las personas que no recibieron afecto; él no va a dar lo que no le dieron.
UN MUNDO PAGANO
-¿Cómo o dónde ubicarías a tu personaje dentro de la realidad política del país?
-El personaje no tiene opiniones políticas ni tampoco tiene un proyecto.
-Sin embargo, se puede interpretar su vida como una metáfora política.
-Sí, sí, pero eso más bien debe referirse a la novela en general, la que puede ser interpretada como una denuncia: allí sí hay una posición política.
-Pero las actitudes del héroe pueden medirse como una metáfora de una realidad que ha sido pautada por la desesperanza, por la inmovilidad, el desinterés.
-El personaje es tácitamente un rebelde y no pienso que se plantee las cosas a un nivel intelectual. Una de las cosas esenciales del plan leo de la novela es que no hay utopías. Yo podía haber dicho “esto es así pero mañana todos vamos a tomar Coca-Cola”, y la novela hubiera sido un fracaso. O ”si votamos a tal o cual todo se va a arreglar”. Y además yo pienso que una novela, más que con ideas se maneja con metáforas, con sentimientos, con emociones, con aventura. Si el lector quiere hacer una lectura política de Carnaval la hará, pero la novela no podía dar ningún tipo de soluciones porque se hubiera estropeado. El personaje no cree en el funcionamiento social; lo ve, como decía Balzac, como arañas dentro de un frasco. Él ve posibilidades individuales; su propia rebeldía lo es.
-¿Y cómo ubicarías la novela desde el punto de vista estrictamente literario? Carnaval tuvo muy buenas críticas…
-Eso es una cosa que me tiene realmente asombrado. Yo mismo me lo pregunto: ¿qué lee la gente, qué ven los lectores y los críticos para que la novela les interese? Pienso que hay como una convención: el Montevideo gris, de clase media, oficinesco, aburrido, que si bien es válido ya es tópico, y creo que la ciudad ha cambiado mucho, en estos últimos años la realidad ha cambiado en forma vertiginosa… Y lo que quiero decir es que me cuesta ubicar la novela en respecto a lo que se produce actualmente. No leo mucho literatura uruguaya, pero también siento en mi caso una falta de premeditación; no dije “voy a escribir una novela de tal o cual forma”.
_¿Que autores te interesan más? Creo que en la novela se nota algo del humor negro de un Bukowski, por ejemplo.
-Puede haber, sí. Y hay toda una línea “dura” de la literatura norteamericana, de la novela negra, con la cual Carnaval se relaciona.
Una suerte de acercamiento al llamado “realismo sucio”…
-Claro, claro. Pienso que la novela suena a uruguaya, pero hay sí como ese deseo de la novela norteamericana de no adjetivar, de no sacar conclusiones, sino más bien de que las cosas hablen por lo que pasa, por más que yo esté unificando la temática.
-¿Por qué el título Carnaval?
-Sale de muchas cosas a la vez, de que mucha gente cree que todo el año es carnaval y también en el sentido de todo ese muestrario, esa fauna de personajes que habita la novela. Y en última instancia como una decisión pagana, en el sentido de que los valores cristianos no se ejercen. El mundo de Carnaval es pagano: te roban en una esquina, te matan en la otra, y todo lo demás es retórica.